miércoles, 29 de junio de 2016

PRÓLOGO: "DESTINADA A TU AMOR"

¡¡¡Hola Destinadas!!!

Cómo os prometí, y lo prometido es deuda, aquí os dejo el prólogo de "Destinada a tu amor", la historia de Irene y Jack, secundarios de "El amuleto de mi destino"... Espero que os guste y estaré deseando leer vuestros comentarios, más abajo de esta entrada... :)

(((((MUY IMPORTANTE: Todos aquellos que no hayan leído "El amuleto de mi destino", abstenerse de leer este prólogo pues puede revelar datos importantes de la historia anterior)))))

Prólogo
Irene aún no se lo podía creer. Estaba viviendo su particular cuento de hadas y temía despertar de un momento a otro. De la noche a la mañana, su familia y ella habían pasado de vivir en una humilde casa, estropeada por el paso del tiempo, a contar con varias propiedades, entre ellas, una preciosa mansión en Londres, una ciudad que siempre había querido visitar. Su padre, un humilde herrero y dueño de un pequeño taller, había heredado el condado de Lendmunt debido a la repentina muerte de un primo lejano suyo y todos estaban impresionados por aquella triste y a la vez, sorprendente noticia. No se alegraban de la muerte del difunto conde, por supuesto que no, pero sí agradecían la fortuna que les arreglaría la vida. Y llegaba justo cuando más lo necesitaban, sólo así podrían salvar la vida de su hermana Ruth, gravemente enferma de muselina.
Llevaban unas semanas viviendo en Londres y aún no se acostumbraban a despertar cada mañana rodeados de lujo y con cerca de una veintena de criados, entre ellos, una cocinera, un ayudante de cámara y tres doncellas personales, dispuestos a servirles en todo lo que necesitaran.
Pero lo que más adoraba Irene de aquella nueva vida, eran los elegantes vestidos que habían comenzado a llevar. Lejos quedaban esas ropas mal cosidas que una de sus vecinas confeccionaba para ellas. Y no podía olvidarse de las fiestas que daban en la alta sociedad y a las que había empezado a acudir casi a diario, pero ella no asistía precisamente para cazar marido. Simplemente, el hecho de ir a esos bailes le hacían muy feliz ya que hasta hace poco era impensable que pudiera pisar esos fastuosos salones. Todo eran ventajas para ella. O eso pensaba en aquel momento.
—Papá, ¿por qué debemos viajar a St. Munt? No lo entiendo, si aquí estamos bien.
—Comienza la temporada de caza y tengo que estar presente —informó el conde sin apenas mirar a su hija. Se lo había repetido varias veces en los días previos.
—Por lo que me han comentado, la mansión que tenemos allí es incluso más grande y más bonita que esta —intervino su madre—, y seguiremos acudiendo a fiestas de la alta sociedad.
—Yo no quiero ir, estoy harta de vivir en un pueblo pequeño. Prefiero quedarme en Londres —replicó de nuevo, llevándose un trozo de pescado a la boca.
—Ahora tenemos unas obligaciones y unos compromisos Irene, debemos cumplir con ellos.
—Ruth aún está débil, ¿no crees que sería peligroso para su salud un viaje tan largo? —intentó cambiar de estrategia para convencerle.
—Tu hermana se encuentra mucho mejor, si pudo acudir al baile que dieron hace unos días los condes de Dickens, podrá viajar a St. Munt —dijo resoplando con enfado.
—Pero papá...
—¡Basta! —Golpeó la mesa con el puño cerrado—. Mañana mismo viajaremos a nuestra residencia en el campo y es mi última palabra.
Irene se quedó con la boca abierta al ver que su padre, por primera vez en su vida, le había alzado la voz. Siempre había sido un hombre muy paciente con ellas y jamás les recriminaba nada, en cambio, en ese momento, tenía la sensación de que no se encontraba ante el mismo. «Estará así por los nervios, su papel de conde le llena de incertidumbre y estará tenso por eso». Resignada, decidió no seguir discutiendo con él y aceptar que tenía razón. Ahora debían cumplir unas reglas de sociedad para no ser criticados ni marginados por el resto de nobles. Si algo así sucedía, sería la ruina para el condado de Lendmunt.
El camino hacia St. Munt fue más largo de lo que ella imaginó. Decidieron viajar de noche permitiéndoles descansar en el carruaje, aunque de mala manera debido a la incomodidad de los asientos y el vaivén causado por el camino empedrado. Durante todo el viaje, estuvieron muy pendientes del estado de salud de Ruth.
—Estoy bien mamá —aseguraba Ruth con el rostro cansado, aún asimilando el cambio tan radical que había dado su vida.
Irene miraba a su hermana desde su posición y sintió como su corazón se encogía. Había temido mucho por su vida y aunque ya había dejado de delirar, de decir incoherencias y estaba respondiendo bien al nuevo tratamiento, seguía estando preocupada por su salud. Ruth era la persona más importante para ella, era su amiga, su confidente y tenían una relación muy estrecha. Si algo malo le llegaba a pasar, jamás lo superaría. Sin darse cuenta, un par de lágrimas resbalaron por sus pálidas mejillas y con disimulo, fue a secárselas cuando su hermana se percató de que estaba llorando.
— ¿Te pasa algo enana? —preguntó preocupada Ruth, con voz débil.
—No. —Negó dibujando una tierna sonrisa—. Estaba pensando en lo mucho que te quiero.
Ruth, por primera vez en muchas horas, curvó sus labios y se acercó a Irene para darle un abrazo.
—Yo también cariño y lo único bueno que saco de este cambio es que estamos juntas.
El resto del camino, Irene y Ruth no soltaron sus manos y aprovecharon que empezaba a amanecer para observar el paisaje con atención, disfrutando de las vistas tan maravillosas que la primavera les estaba empezando a regalar.
Cuando llegaron a St. Munt y divisaron a lo lejos una hermosa mansión de piedra, rodeada de unos preciosos jardines, Irene se olvidó por completo de su deseo de permanecer en Londres y se enamoró perdidamente de aquel lugar. Al bajarse del carruaje, cogió a su hermana de la mano y con permiso de sus padres, fueron a inspeccionarlo todo, ilusionada y emocionada por la inmensidad y la belleza de aquella propiedad. Ruth mostraba menos interés por lo que sus ojos estaban viendo, pero aún así, no podía negar que aquel lugar era muy bonito.
Los jardines exteriores eran preciosos, repletos de flores y árboles frutales, además de contar con un bonito y espacioso invernadero. La mansión contaba con un pabellón exterior para que se alojaran los asistentes a las cacerías. El interior de la casa también era impresionante. Tenía una amplia biblioteca repleta de viejos libros que comunicaba con un gran salón y había una sala privada para la familia, en la cual se encontraron con un elegante piano de cola. Los dormitorios eran enormes y a Irene le encantó la decoración del suyo en tonos color pastel. Contaba con una cama inmensa en el centro, un precioso armario de la misma madera que la cama y un tocador con un bonito espejo ovalado.
—Qué suerte hemos tenido al heredar todo esto —le comentó a su hermana cuando terminaron de ver la mansión—. ¡Cómo íbamos a imaginar hace unos meses que nuestra vida cambiaría tanto!
—Dímelo a mí —aseguró Ruth apenada, pensando en su vida pasada mientras tocaba el amuleto de su cuello, antes de que la magia de éste la hiciera retroceder en el tiempo.
—Te acostumbrarás Ruth, esto es mucho mejor que la humilde vida que llevábamos.
—Si tú lo dices... —suspiró con un nudo en el corazón.
Después de comer, la madre de Irene la invitó a subir a su alcoba para que se recostara y descansara del pesado viaje que habían tenido, pero estaba tan eufórica por estar en aquel lugar, que no tenía sueño. Se cambió de ropa y se colocó un vestido más cómodo, fue a la biblioteca, cogió un libro de poemas de uno de los estantes y salió a uno de los jardines que había en la parte trasera de la mansión. Abrió el libro y comenzó a leerlo con detenimiento, disfrutando de la brisa primaveral y del cantar de algunos pájaros que se posaban en la copa de los árboles.
Tras un rato de lectura, empezó a escuchar voces de hombres que procedían del interior de la casa. La ventana y una de las puertas de la sala principal daban a ese jardín y con curiosidad, se acercó, se puso de puntillas y con cautela, miró a través de los cristales.
Su padre estaba reunido con varios caballeros a los que algunos sirvientes les ofrecían copas de licor. Parecían animados y muy relajados y se sintió orgullosa de su padre. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer en cada momento y era como si toda su vida hubiera sido el conde de Lendmunt.
Uno a uno fue inspeccionando a todos los hombres que acompañaban a su padre. Distinguió a un hombre bajito y regordete, con una incipiente barba canosa y sin apenas cabello en la cabeza. Pasó su mirada a un chico joven que estaba a su lado, tenía el pelo pelirrojo y abundantes pecas por toda la cara, era muy alto pero a la vez, extremadamente delgado. Llamó su atención uno de ellos por parecerle muy guapo, era alto, musculoso, tenía el pelo castaño y a pesar de la distancia, pudo fijarse en sus ojos claros. «Es el hombre más atractivo que he visto en mi vida».
O eso pensó hasta que posó sus ojos en el cuarto de los caballeros que había presentes. Durante segundos, se quedó embobada mirándolo. No sabía qué le estaba pasando con aquel, pero no podía dejar de observarlo. Tenía ante sus ojos a un hermoso hombre de pelo oscuro, con la piel bronceada y sus ojos parecían de un tono azul muy intenso. Una bonita sonrisa apareció en su rostro y ese simple gesto, hizo que algunas mariposas empezaran a revolotear por el estómago de Irene. Avergonzada por lo que su corazón estaba sintiendo, se apartó de la ventana y negó repetidas veces, tapándose la cara con una mano. Pero el deseo de volver a verlo se apoderó de ella y miró de nuevo. Sin embargo, para su desilusión, los hombres habían abandonado el salón. Durante el resto de la tarde, Irene permaneció en una nube y no pudo apartar aquellos ojos azules de su mente, causándole sensaciones que jamás había experimentado antes. Y eso que siempre había sido una chica muy enamoradiza, aunque eso sí, siempre se daba a respetar y nunca había llegado a tener un novio formal.
—¿Ya se han marchado los hombres que acompañaban a mi padre? —preguntó a una de las criadas que pasaba cerca.
—Milady, creo que han entrado a la biblioteca porque el conde ha pedido más copas de vino y ha ordenado que las llevemos allí —informó la joven sin mirarla a la cara. —Irene asintió ilusionada—. ¿Desea algo más?
—No, puedes retirarte, muchas gracias.
Durante unos minutos estuvo pensando en cómo interrumpir aquella reunión para ver a aquel hombre de cerca, necesitaba captar su atención y que éste también se fijara en ella, pero intuyó que si los molestaba, su padre se enfadaría mucho. Aunque era un riesgo que le apetecía correr.
Decidida, se encaminó hacia la biblioteca y cuando estaba a punto de llamar a la puerta, su madre la sorprendió, gritando su nombre detrás de ella.
—¿Dónde vas Irene?
La aludida se giró nerviosa y buscó una excusa creíble.
—Iba a dejar este libro a la biblioteca —aseguró enseñándole el poemario que llevaba en la mano—, lo he cogido antes y ya me he cansado de leerlo. En otro momento lo acabaré.
—Ya lo devolverás más tarde, tu padre está reunido con varios lores y no debemos interrumpirlos.
Irene maldijo en silencio por no haber podido cumplir su plan, pero no podía desobedecer a su madre.
—Está bien, esperaré aquí hasta que salgan —dijo sentándose en una silla, con la firme convicción de no perderse la salida de aquel conde que había llamado tanto su atención.
—Ven conmigo al invernadero, quiero ver si falta alguna flor para encargársela al jardinero. Deseo que esté precioso para cuando empecemos a recibir visitas.
Irene resopló y miró con disimulo a la puerta de la biblioteca. Al ver que de la sala no salía nadie, aceptó acompañar a su madre con resignación. Definitivamente, todo se había aliado en su contra para no encontrarse con aquel hombre y eso le molestaba porque lo único que deseaba era volver a tenerlo cerca.
* * *
—Mery —le dijo a su doncella cuando fue a llevarle ropa limpia a su habitación—, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto, milady—aseguró su doncella mirando al suelo.
—¿Sabes quiénes son los hombres con los que estaba antes reunido mi padre?
—Sí, yo misma les llevé una jarra de vino dulce. El mayor de ellos es Lord Doyle y el más joven, su hijo Louis, el futuro conde de Doyle, que ya está recibiendo instrucción para ocupar el puesto de su padre próximamente. También estaba Lord Werwich, un conde muy popular en la alta sociedad y el último de ellos es Lord Sharday, un buen amigo del conde de Werwich y que cuenta con uno de los condados más importantes por su riqueza patrimonial.
—Es la primera vez que los he visto y no sé cuál es cada uno de ellos. El de los ojos azules y la piel tostada, ¿cómo se llama? —preguntó Irene, intentando no parecer demasiado interesada.
—Milady, él es el conde de Sharday. Su abuela paterna era árabe y él ha heredado algunos de sus rasgos. De ahí su pelo oscuro y su piel morena. Los ojos azules los heredó de su madre, de nacionalidad inglesa.
Irene se quedó pensativa, asimilando la información que le acababa de dar su doncella. Estuvo tentada a preguntarle más cosas sobre él, deseaba saber si estaba casado o comprometido, pero no quería parecer desesperada y prefirió dejarlo para otro momento.
* * *
Estaba anocheciendo cuando Jack llegó a Sharday House. Estaba muy cansado y deseaba darse un baño y relajarse frente a su chimenea. En cuanto puso un pie en su mansión, se quitó su sombrero de copa y la capa y se los entregó al ama de llaves que salió a recibirlo.
Desde la sala principal procedían voces de varias mujeres, entre ellas la de su madre, y Jack resopló resignado. No le apetecía saludar a las amigas de su progenitora, le parecían unas cotillas odiosas con una vida tan aburrida que debían criticar a todas las personas que conocían. Cuando iba a entrar al salón, escuchó parte de la conversación, algo que le molestó muchísimo.
— ¿Y qué me dices de las hijas del conde de Lendmunt? —preguntó una de ellas—. Se rumorea que están rozando los treinta años y a esa edad deberían estar casadas.
—¡Dios me libre de semejante escándalo! —exclamó una de ellas horrorizada.
—Acaban de llegar a la alta sociedad y ya están en el punto de mira de toda la nobleza. —Rió a carcajadas otra.
—Es normal, ¿quién va a querer esposarse con ellas? Aunque hayan heredado un título, no pueden ocultar sus raíces manchadas de miseria —aseguró con malicia Rousse, la madre de Jack—. Ojalá no coincida con ellas en ningún evento, porque no quiero salir de ahí plagada de piojos. —Todas estallaron en sonoras carcajadas.
Lord Sharday, que odiaba los cotilleos y que se juzgaran a las personas sin darle una oportunidad, interrumpió a las damas con el rostro serio y le dedicó a su madre una mirada desafiante que la hizo callarse de inmediato. Sabía lo mucho que odiaba su hijo aquel tipo de conversación.
—¡Buenas noches! —exclamó haciendo una reverencia, las tres señoras se levantaron en señal de saludo—. Veo que están muy animadas hablando, así que no las molestaré. Sólo pasaba a saludarlas, pero ya me retiro.
El conde hizo el amago de marcharse pero la más mayor de ellas, llamó su atención para que se detuviera.
—Lord Sharday, quiero presentarle a mi nieta Elvira, es hija de mi primogénita, la condesa de Davanés. Elvira vive en España pero ha venido a pasar unos días con nosotros a nuestra casa de campo.
El conde se fijó en aquella muchacha que se había mantenido en un segundo plano. Apenas llegaría a los veinte años de edad y ésta, agachó la cabeza ruborizada al sentir los celestes ojos del conde sobre ella. Tenía el pelo rubio, los ojos verdes y unos tirabuzones caían a cada lado de su rostro. Realmente era una joven muy hermosa y por un momento, Jack la imaginó entre las sábanas de su cama, aunque rápidamente se obligó a retirar aquella imagen de su mente y caminó hacia Elvira. Cogió su fría mano y la llevó a sus labios para besar sus pálidos nudillos. Lord Sharday sintió como aquella se ponía aún más nerviosa y sus manos comenzaron a temblar, algo que le hizo sonreír.
«Una mujercita demasiado apetecible, pero le falta experiencia con los hombres. Me pregunto si alguna vez le habrán besado».
—Encantado milady, sea bienvenida a mi hogar siempre que desee.
Por el rabillo del ojo vio como la abuela de la joven miraba a su madre y le guiñaba un ojo mientras que ésta le regalaba una sonrisa triunfal. En ese momento, supo lo que aquellas dos mujeres estaban tramando y eso, le hizo reír a carcajadas. «Jamás conseguirán que me case, ni con esta joven ni con ninguna otra mujer».
—Podrías invitar a mi nieta a pasear mañana, no conoce a nadie y le vendrá bien salir a caminar —sugirió con atrevimiento.
— ¡Abuela! —exclamó con la voz débil, como si fuera una muñeca de porcelana que podía romperse en cualquier momento.
—A mí no me parece mala idea —intervino Rousse—. Mi hijo conoce lugares muy bonitos que estoy segura que le encantará compartir con usted.
La joven posó sus ojos por primera vez en los de Jack y éste sintió nostalgia. Su mirada era triste y se notaba que se sentía incómoda con aquellas mujeres que triplicaban su edad.
—Si ella desea salir a caminar conmigo, acompañada de una doncella, no tendré ningún problema. Pero mañana será imposible, pues ya tengo un compromiso. Voy a ir a cazar con varios condes. —La muchacha asintió con las mejidas teñidas en color rosado—. Le haré llegar una nota con uno de mis sirvientes.
—Puede ir a recogerla directamente, ella no tiene nada mejor que hacer y estará encantada de pasear con usted cuando así lo desee —respondió su abuela.
—¿Puede dejar de hablar por ella? —preguntó molesto y la anciana se movió nerviosa—. Se ve que entiende y habla perfectamente nuestro idioma.
Volvió a prestar atención a la joven, que no paró de mirar al suelo y en ese momento supo que jamás se fijaría en ella como mujer. Estaba cansado de las damas dóciles, él las prefería con más carácter y la muchacha que tenía delante, parecía la más insulsa de todas las que había conocido. Aún así, tenía curiosidad por conocerla un poco más y decidió que sí, la invitaría a pasear en los próximos días, aunque solo fuera para conversar con ella como amigos.
—Señoras, se hace tarde y no deberían estar fuera de sus hogares. Si me permiten un consejo, será mejor que regresen o pueden tener problemas con sus esposos.
Jack las echó con cortesía y cuando éstas abandonaron el salón, sonrió satisfecho. No iba a permitir que en su casa entraran los rumores y sabía que tenía que volver a hablar con su madre. Aunque lo haría en otro momento, en aquel instante solo le apetecía sentarse y disfrutar de una buena copa de vino.
* * *
Al día siguiente, Irene se levantó entusiasmada y con ganas de seguir investigando cada rincón de aquella mansión. Fue a la habitación de su hermana y al comprobar que ésta seguía durmiendo, prefirió no despertarla y bajar a pasear por los jardines.
Cuando llevaba un rato, el ruido de un carruaje le alertó de que alguien llegaba a Lendmunt House. Desde la distancia observó que el conde de Werwich, como le había comentado su doncella Mery que se llamaba, se bajó y caminó hacia la entrada de la mansión. Pero para sorpresa de Irene, la otra puerta del carruaje se volvió a abrir y su corazón empezó a palpitar más deprisa al ver a Lord Sharday saliendo de él. Estaba más guapo incluso que el día anterior no pudo apartar sus ojos de él. Quería grabar en su memoria cada uno de los detalles de su físico.
De repente, aquel hermoso hombre, como si hubiera intuido que unos ojos verdes lo estaban observando, desvió su mirada hacia Irene y al ver que no le apartaba la vista, sonrió y le regaló un guiño, antes de volver a prestar atención a su amigo que caminaba delante. Fue un simple gesto, pero para la mujer, el mundo se acababa de detener.
El corazón de Irene se desbocó y sus mariposas interiores comenzaron una danza que no deseaban parar. Había conseguido regalarle unos segundos para ella, sólo para ella y eso, la llenó de entusiasmo. «¡Qué ilusa! Solo ha sido una sonrisa pero, ¡qué sonrisa!»

Durante todo el día, estuvo reviviendo ese momento, sin poder disimular la alegría que se dibujaba en su rostro cada vez que esos ojos azules paseaban por su mente.

Espero que os haya gustado...
Besotes...

sábado, 26 de marzo de 2016

CORAZONES DISTANCIADOS


¡¡¡ Buenas tardes !!! 

Hoy quiero compartir con vosotros el relato "Corazones distanciados", con el que participé hace algo más de un año en la Antología "El trabajo de Cupido", junto a mi "Club de las desconocidas".
Para aquellas personas que aún no lo han leído y para aquellas a las que les apetezca volver a leerlo, aquí os dejo con Ivonne y Manu, los protagonistas de esta mini-historia. 

 ESPERO QUE OS GUSTE.

CORAZONES DISTANCIADOS

El tiempo es oro cuando tu pasado, presente y futuro están en juego y, sobre todo, cuando lo más importante de tu vida amenaza con desquebrajarse. 

Hoy, trece de febrero, hace algo más de un año que las circunstancias me echaron de mi país, obligándome a viajar muy lejos de mi hogar en busca de un trabajo para labrarme un futuro mejor. Con esta decisión dejé atrás a todas las personas más importantes de mi vida, incluido a ella. Yo tenía un billete de ida pero me faltaba el de vuelta, pues no sabía el tiempo que permanecería lejos de mi gente. 

Ivonne, mi novia desde hacía seis años y la persona más especial que la distancia apartó físicamente de mi camino, el día que me fui, prometió esperarme todo el tiempo que fuera necesario y yo le juré y perjuré que volvería a por ella muy pronto. Hasta ayer no había podido cumplírselo, pero algo sucedió y aquí estoy, sentado en un avión, con todos mis ahorros gastados y viajando en busca de mi última oportunidad de recuperar la felicidad.

La impotencia y la necesidad de hacer todo lo que esté en mis manos se apoderaron de mí en el mismo momento que recibí la llamada que cambiaría mi vida y me hizo tomar la decisión más importante hasta el momento, interponiendo el corazón a la razón.

Las palabras de Ivonne retumban en mi cabeza una y otra vez convirtiéndose en la peor de las torturas:“La distancia ha ganado la batalla Manu, ha conseguido separarnos para siempre”. Durante varios minutos intenté convencerla para que siguiera esperándome, pero fue inútil, ella ya tenía la decisión tomada y nadie la haría cambiar de opinión. 

En ese instante, mi mundo se vino abajo. Ella lo era todo para mí y mis peores pesadillas se estaban cumpliendo. Mis compañeros de trabajo me lo habían advertido en muchas ocasiones pero yo nunca los escuché. Estaba convencido que nuestro amor era tan fuerte que todo lo superaría. <<¡Qué equivocado estaba!>>

Durante horas estuve recluido en la habitación que tenía alquilada cerca de los invernaderos en los que trabajo, recordando una y otra vez la conversación más dolorosa, maldiciéndome por no poder hacer nada para convencer a Ivonne. Mis amigos, que se empeñaban en liberarme de mi encerramiento cada vez que se les presentaba la oportunidad, intentaban persuadirme de que lo mejor era olvidarme de ella. Pero siempre ha sido fácil dar consejos, lo difícil es ponerlos en práctica y en este caso, a mí me tocaba llevar a cabo la peor parte. 

“Ella ya no te quiere”, “seguro que te ha cambiado por otro”, “tío, no seas tonto y salgamos a divertirnos, esa mujer no vale la pena.”

—¡Dejadme en paz! —les grité a mis amigos totalmente enloquecido.

Y era así como me sentía, loco por estar tan lejos de ella, sin saber qué hacer ni qué pensar y siendo consciente de que mi tortura comenzaba en ese mismo momento.

* * *

A las ocho de la mañana, después de varias horas de viaje y de haber pasado por mi piso para asearme y comer algo, decido ir a casa de Ivonne. Seguramente todos están durmiendo, pero no puedo esperar más tiempo, cada minuto que pasa juega en mi contra.

Su padre, totalmente despeinado y con cara de haber visto el mayor de los milagros, me recibe con un fuerte abrazo, asegurándome que se alegra mucho de verme. Sin embargo, no presto atención a lo que me dice. Mi único deseo ahora mismo es ver a su hija, que sea ella la que me abrace y me bese, que me confirme que todo lo que me dijo ayer fue por culpa de un momento de debilidad y que me ama tanto como yo a ella. Con voz temblorosa consigo preguntarle por Ivonne y no hace falta que me conteste, la dueña de mi corazón aparece detrás de él, sin saber que soy yo la persona que está al otro lado de la puerta. 

Mi corazón se acelera en el mismo momento que mis ojos color miel se clavan en los suyos. La observo con adoración y sé que la amo más que a mi propia vida. Es la mujer más hermosa del mundo incluso despeinada, con todos sus rizos totalmente enredados y sus preciosos ojos marrones camuflados en unas marcadas ojeras. 

—¿Qué… qué haces aquí? —consigue preguntarme con su dulce voz. 

Quiero acercarme a ella, besarla y estrecharla entre mis brazos, protegerla y que, juntos, despertemos de esta pesadilla de una vez. Sin embargo, ella intuye mis deseos y retrocede, alejándose unos pasos de mí.

—Estás preciosa —le digo. 

Ella niega y se recoloca sus rizos.

—¿Has viajado desde tan lejos hoy? —Asiento nervioso—. ¿Por qué?

—Por ti, por mí, por nosotros.

—No deberías estar aquí.

—Necesitaba convencerte de que te amo y que tú eres lo más importante para mí. —Veo cómo las lágrimas empiezan a descender por las pálidas mejillas de Ivonne y me acerco un poco a ella, alargo mis manos y, usando mis pulgares como el mejor de los pañuelos, seco su rostro con delicadeza—. Una vez te dije que volvería a por ti y ahora sé que debía haberlo hecho antes. —Uno mi cabeza a la suya y cuando voy a besarla, ella comienza a hablar.

—Ya es demasiado tarde —me susurra con los ojos cerrados—. No hay nada que podamos hacer, nuestro amor ha muerto.

—El mío está más vivo que nunca y lo traigo totalmente reforzado. Te quiero a mi lado y sé que en el fondo de tu corazón sientes lo mismo que yo. Si me das otra oportunidad podrías venir conmigo. Ahora tengo trabajo, gano lo suficiente para poder vivir los dos y así estaremos de nuevo juntos.

—Manu, mi lugar es este.

—Entonces mañana mismo llamo a mi jefe para informarle que dejo el trabajo y me quedo aquí contigo. 

—Tú tienes tu vida allí.

—Te equivocas mi amor, mi vida está donde estés tú. 

Ivonne retrocede unos pasos y se gira para no mirarme a los ojos. Durante unos segundos estamos en silencio y cuando siente mis manos sobre su cintura, decide ponerle fin a nuestra conversación.

—Manu, será mejor que te vayas. No debías haber venido, yo… —se aclara la voz—, yo ya no te amo.

Sus palabras se clavan como puñales en mi corazón e intento asimilar lo que acabo de escuchar. En este momento me siento el más estúpido de todos pero el miedo a perderla me hace insistir una vez más. Ella se gira, me mira a los ojos y vuelve a repetirme que nuestra relación se ha terminado. Totalmente derrotado, la miro por última vez con lágrimas en los ojos. Veo que en los suyos también hay dolor pero no voy a insistir más, no quiero dar lástima.

—Yo sí te amo y más que a mi propia vida, pero si tú ya no sientes nada por mí, sólo me queda marcharme de aquí y desearte lo mejor.

Me giro, me dirijo hacia mi coche, lo arranco y desaparezco sin saber muy bien a dónde ir. Necesito estar solo y pensar. Inconscientemente llego al lugar donde Ivonne y yo nos hicimos novios, detengo mi coche y maldigo a voces.

<<Cupido, tú que tanto presumes de unir corazones, ¿dónde cojones estás cuando más te necesitamos?>> Agacho la cabeza mientras intento controlar mis lágrimas. 

—Pues aquí mismo estoy. —Una voz a mi lado me hace pegar un grito sobresaltado. 

Estoy a punto de propinarle un puñetazo cuando éste desaparece y de repente vuelvo a escuchar su voz chillona en los asientos traseros.

—Ni lo intentes Manuel, soy más rápido que tú.

—¿Quién eres? —Me giro hacia atrás para mirarlo y ante mi cara de asombro, el hombrecito del flequillo remilgado vuelve a desaparecer.

—Soy Nanael, —me dice el personajillo, ahora sentado en el respiradero del coche—. ¿No sabes quién soy? 

Niego, creo que me he dormido y estoy soñando, lo que están viendo mis ojos no puede ser cierto. Nanael pega un salto, se pone de pie en el asiento del copiloto y se señala el pañal que lleva puesto en el culo y después las alas de su espalda. 

—Piensa Manu, ¿quién soy? —Me apunta con un arco y unas cursis flechas con la punta en forma de corazón—. Eres un poco torpe. —Lo escucho resoplar resignado.

Aquella declaración me molesta. Estoy pensando que se parece a “Cupido” pero eso es imposible, sólo existe en los dibujos animados que mira mi sobrina de tres años. 

—Soy un cupido, vengo a ayudarte a que Ivonne recapacite y vuelva a darte una oportunidad. 

Lo miro atónito, pero tengo tantas ganas de que eso suceda que lo dejo hablar.

—Pero para ello, debes marcharte de nuevo a tu lugar de trabajo. Esta tarde sacarás tu billete de avión y te marcharás.

—¿Cómo dices? —pregunto enfadado—. ¡Así jamás podré recuperarla! ¿Eres el cupido que une corazones o el que los separa para siempre?

—Me han asignado una misión para este San Valentín y esa es la de unir a dos corazones distanciados. Creo que el de Ivonne y el tuyohan estado así bastante tiempo, ¿me equivoco? 

Niego con tristeza, han estado separados demasiado tiempo

—No digas nada y confía en mí. Si me haces caso, esta misma noche Ivonne y tú volveréis a estar juntos.

Y sin decir nada más, el cupido desaparece. Yo espero ansioso a que vuelva a aparecer durante unos minutos, pero esta vez lo no hace. Lo llamo a voces enfadado, necesito hablar con él y que me aclare todo mejor, pero no hay rastro del pequeño hombre por ningún sitio.

<<¿Cómo voy a irme? No puedo hacerle caso a ese ser, perdería a Ivonne para siempre. Definitivamente esto no me ha pasado a mí, acabo de sufrir una alucinación.>> Intento convencerme, arranco mi coche y me voy de aquel lugar que tan gratos recuerdos me trae.

* * *

Pasajeros del vuelo ES7568 con destino a París, va a comenzar su embarque por la puerta número dieciséis.

Mi corazón se agita desilusionado al escuchar mi vuelo anunciado por megafonía. No sé cómo ni por qué, pero finalmente he decidido hacerle caso al cupido y he comprado mi billete de vuelta, aunque ahora sé que ha sido el peor de mis errores. Llevo más de dos horas esperando a que aparezca Ivonne tal y como me había dicho Nanael. Sin embargo, el mayor de mis deseos no se ha cumplido. Resignado, me levanto de mi asiento y me dirijo hacia la puerta dieciséis. Justo cuando voy a cruzar el umbral, doy un último vistazo al aeropuerto y una punzada de dolor aparece en mi estómago. 

Mi asiento está al lado de la ventana y lo agradezco, así podré ocultar mi tristeza mirando a través de ella. Hago un rápido resumen de todos los momentos vividos con la mujer de mi vida y las lágrimas se vuelven incontrolables y el dolor de mi pecho insoportable. Voy a buscar un pañuelo en mi chaqueta, pero la persona que está a mi lado sentada me ofrece uno. Yo voy a agradecerlo y cuando poso mis ojos en ella, mi corazón se detiene, mi boca se seca y mis manos empiezan a sudar nerviosas. 

Sentada a mi lado está ella, Ivonne, la mujer de la que estoy enamorado y que hace unas horas había acabado con todas mis ilusiones. Tengo que cerrar y volver a abrir los ojos para asegurarme de que no se trata de un sueño. Ivonne dibuja una amplia sonrisa en su angelical rostro y eso me desconcierta aún más. Ella debe darse cuenta de mi confusión y rompe el silencio.

—Manu, quiero pedirte perdón por todo el daño que te he hecho en las últimas horas. 

—¿Qué… qué haces aquí? —tartamudeo nervioso. 

—Tú viajaste anoche desde París sólo para demostrarme lo importante que soy para ti y ahora me toca a mí. He sido una tonta y ahora que he estado a punto de perderte, es cuando me he dado cuenta que sigo amándote como el primer día. 

Yo voy a decir algo pero ella me silencia posando sus dedos en mis labios.

—Te he necesito muchas veces, me he sentido sola y desprotegida cada día, he deseado despertar a tu lado y ver tu sonrisa todas las mañanas y me he desesperado mucho, demasiado, por estar alejada de ti. Quería dejar de sufrir y pensé que dejándote conseguiría aliviar el dolor que causa tu ausencia. Pero cuando te vi marcharte de mi casa, te llevaste mi mundo contigo, mi corazón se rompió en mil pedazos y fui consciente de que sólo volvería a latir si volvía a estar junto a ti. Te amo Manu, más que a nadie en este mundo y espero que puedas perdonarme todo el daño que te he causado en las últimas horas.

Atónito y sin saber qué decir después de la declaración tan bonita de la mujer que amo, desvío mi cabeza, y en el apoyabrazos del asiento de al lado, veo a Nanael, sonriéndome y apuntándonos con una de sus cursis flechas. Articulo un “te debo una” y éste me guiña un ojo y desaparece. Lo busco por todo el avión, pero hay ni rastro de él. Seguramente ha cumplido su misión y ya no hace falta que siga presente. Totalmente emocionado e ilusionado, vuelvo a prestarle atención a Ivonne.

—Eres lo más importante para mi cariño, y te perdonaría mil veces con tal de estar a tu lado.

No quiero decirle nada más, las palabras sobran cuando hay tanto sentimiento. Uno mis labios a los de mi amor y la beso con ternura, con anhelo y con amor. Disfruto de su sabor que desde hace seis años es mi favorito y me niego a volver a separarme de ella nunca más.

Cuando me separo, agarro su mano y me levanto invitándola a que ella haga lo mismo. Sin embargo, Ivonne no quiere seguirme y yo la miro desilusionado.

—Cariño, esta vez soy yo la que viajo contigo. Vamos a París, la ciudad del amor, para construir nuestro futuro juntos, sin obstáculos ni distancia que nos separe. 

Ahora es ella quien me besa y ambos sabemos que nuestro amor es tan fuerte, que aunque nos pongan mil obstáculos, conseguiremos superarlos todos con éxito. 


¿Qué os ha parecido? 

¿Creéis en la magia de Cupido? 

¿Alguna vez has tenido que salvar una relación 
marcada por la distancia?

Quiero saber tu opinión...




miércoles, 25 de noviembre de 2015

HOY COMIENZA UN NUEVO DÍA



Con todo mi respeto y cariño, para todas las personas que sufren este problema.
Ármate de valor y toma las riendas de tu vida.
Ánimo, sigue adelante. Lucha, por y para tí.
No estás sola. No aguantes más.
Vive.



Aquí estoy, una vez más, sentada en la orilla de esta playa, la que tantas veces ha sido testigo de mis alegrías y mis lamentos. Veo como las olas chocan y se rompen contra las rocas, igual que las palabras chocan y se rompen, una y otra vez, en mi cabeza. <<¿Habré hecho lo correcto?>> Una vez más, comienzan a aparecer las dudas y los temores, pero todo ha terminado y ya no hay marcha atrás. Ya he tomado la decisión. Vuelvo a ser libre aunque no estoy contenta, un sentimiento amargo me acompaña.

—¡No puedes dejarme! Yo te quiero. Voy a cambiar por ti. Te lo prometo.

¡Cuántas veces habré escuchado esas falsas palabras! ¡Cuántas veces me las he creído y he dado marcha atrás en mi decisión! Pero hoy no, hoy es diferente. Hoy he salido corriendo. He huido y no me siento cobarde por ello, porque por primera vez, he marchado hacia mi libertad. ¿Y quién sabe? Quizás, hacia mi felicidad.

De repente me acuerdo de él. <<¿Cómo estará?>> A pesar de todo, le quiero, ha sido mi compañero y amigo durante seis años. Pero, ¿realmente habrá sido también mi amor?

Seis duros y largos años donde he reído, es verdad, pero también he llorado y mucho. He aguantado sus salidas y llegadas a altas horas de la madrugada, sus borracheras nocturnas y sus resacas mañaneras. He sido testigo de cómo, poco a poco, se iba consumiendo, y lo que es peor, como yo me iba consumiendo con él. He soportado cómo me achacaba diariamente, la culpa de todo lo malo que ocurría, he sido víctima de sus inseguridades creando con ello mis propias inseguridades, de su mal humor y de sus faltas de respeto hacia mí.

¡No sirves para nada!
¡La culpa es sólo tuya, ¿me escuchas? Tú sabrás como vas a arreglar todo este caos, pero lo vas a hacer y lo vas a hacer sola, ¿me has entendido?

¿Dónde vas con esa ropa y tan maquillada? Pareces una fulana.

Y así podría seguir diciendo todas y cada una de las palabras que me ha ido dedicando durante todo este tiempo, porque las tengo clavadas en mi cabeza y en lo más profundo de mi alma, como un frío puñal hincado en el centro de mi corazón. Pero todo ha terminado y ya no hay marcha atrás. He dado un paso hacia mi tranquilidad. Hoy comienza un nuevo día.

Me quito las botas, me levanto y comienzo a pasear por la orilla. El agua fría acaricia mis pies, hasta este momento, calientes por el calor que guardaban dentro de mis botas. El contraste de temperatura, lejos de molestarme, me agrada. Es justo como me siento ahora mismo. Un contraste de sentimientos enfrentados habitan dentro de mí. No quiero llorar, no debo hacerlo. Él no se merece que derrame ni una lágrima más por él. Debo ser positiva y mirar de frente.

Una ola choca cerca de mí, salpicándome algunas gotas que me alcanzan la cara y se mezclan con mis saladas lágrimas. Saco un pañuelo del bolsillo de mi pantalón y me seco las seco con seguridad. Lo he decidido: no voy a llorar más. Tengo que ser egoísta y pensar en mi bienestar. Él ha querido abandonarse y yo, lamentablemente, no puedo hacer nada más por él. Ahora voy a mirar por mí, sólo por mí. Voy a luchar a contracorriente, como las conchas que pasan cerca de mis pies y luchan contra el agua que las van empujando.

Quizás mi familia no me apoye. Me juzgarán porque, según ellos, habré abandonado a mi hombre cuando más me necesitaba. Quiás tengo que luchar sola contra todo y todos. Pero hoy, más que nunca, voy a ser fuerte. Hay muchas personas que lo han conseguido. ¿Por qué yo no?


Sigo paseando descalza, sintiendo en mis pies la suave arena de la playa acompañada por el agua que se acerca a acariciarme, a consolarme, a mimarme. Mi cabeza vuela hacia lo que pasó hace apenas un par de horas, el detonante de mi huida, del abandono del hombre que ha sido mis ojos durante seis años.
Estaba en casa, cocinando su comida favorita. Quería sorprenderle. Hoy era nuestro sexto aniversario. Estaba ilusionada y aún recordaba feliz, las palabras que me dedicó la noche anterior mientras hacíamos el amor. Quizás no eran las más bonitas que haya escuchado en mi vida, pero a comparación de todas las que últimamente me regalaba, eran mágicas. 

De pronto un golpe fuerte me sobresaltó, devolviéndome a la realidad. Él ya había llegado del trabajo. Escuché golpes procedentes del salón, ruidos que parecían figuras romperse, golpes a los muebles, sillas caerse… Apagué el fuego y asustada, me dirigí hacia el lugar de donde procedían los golpes. 


Ahí estaba él, tirando y rompiendo todo lo que encontraba a su paso, fuera de sí. Tenía los ojos muy abiertos y la mandíbula desencajada. Yo intenté esconderme detrás de la puerta. Tenía miedo. No quería que me viera, pero fue inútil. Él se dio cuenta de mi presencia y se acercó a mi. 


Me han despedido del trabajo. Maldita sea. 

Me dio un empujón tirándome al suelo.


No vamos a poder seguir pagando la hipoteca. Vamos a vivir como unos pobres miserables. 

Se agachó a mi lado y me agarró la cara con fuerza.


Tú tienes la culpa de todo. Sí, tú, maldita mujer. Si trabajaras podríamos seguir manteniendo nuestra vida. Pero no vales para nada. No haces nada bien. ¿Quién te va a querer contratar a ti?

En ese momento, con la palma de la mano abierta, me dio un bofetón. Yo intentaba levantarme, pero su fuerza era superior a la mía. Después de un rato tirada en el suelo, recibiendo insultos y algunos golpes más, sonó su móvil. <<Bendito móvil>>.  El teléfono quizás me salvó de un final desastroso. 


Se levantó, aceptó la llamada y sin decir nada, salió de casa pegando un portazo.
En ese momento supe que tenía que irme de allí. Dejarlo todo atrás y comenzar una nueva vida, sola. Era la primera vez que me golpeaba y estaba segura que también sería la última.

Me vuelvo a sentar cerca de la orilla para sentir como la brisa acaricia salvajemente mi cabello. La tristeza vuelve a apoderarse de mí y aunque intento ser fuerte, no puedo controlar mis lágrimas. Apoyo mi cabeza en las rodillas mientras éstas son abrazadas por mis manos.

No sé cuánto rato estoy en esa posición, cuando siento que algo suave acaricia mis manos y empieza a girar a mí alrededor. Levanto la cara y justo delante de mí, delante de mis ojos, hay una bolita de pelo blanco. Es un perro.

—Hola bonito, ¿qué haces aquí? ¿Dónde está tu dueño?

El perro agacha la cabeza mientras mueve la cola tristemente. Me fijo en su pata y me percato de que está herido. Lo tomo en brazos y acunándolo, me acerco a la orilla y le limpio la sangre que tiene en ella. En ese momento soy consciente de que esa preciosa criatura y yo tenemos algo en común: los dos estamos solos.

Una vez limpiada la herida, el animal me lo agradece lamiéndome las manos con su cálida lengua. Lo dejo en el suelo y comienza a saltar, a tumbarse para que lo acaricie y a corretear entre mis piernas.

Por un momento me olvido de todo y me centro en esa pequeña criatura. De repente la curiosidad se apodera de mí, me agacho, le hago girarse sobre su lomo y lo observo. Es una perrita. La vuelvo a mirar y su cola me saluda alegremente, mientras sus ojos brillantes siguen clavados en mí. A pesar de su soledad y de sus heridas está contenta. Me demuestra que hay que luchar a pesar de las adversidades y aunque existan obstáculos, hay que mirar la vida con energía.

Me vuelve a lamer con cariño. Soy una desconocida para ella pero eso parece no importarle porque me da todo el cariño que hoy necesito y nadie más me está dando. En ese momento lo tengo claro. Asha será mi nueva compañera en esta aventura que es la vida.

Hoy comienza un nuevo día… Para Asha, para mí.




martes, 10 de noviembre de 2015

"EL AMULETO DE MI DESTINO" CAPÍTULO 1


CAPÍTULO 1

Londres, año 1831…
Los primeros rayos de sol entraron por el enorme ventanal de la habitación donde dormía Ruth, sacándola del sueño espantoso que había tenido aquella noche. El engaño de su marido volvió a estar presente en su pesadilla, algo que no la había dejado descansar todo lo bien que necesitaba. Cuando se despertó, se inquietó al no saber dónde se encontraba, abrió los ojos como platos y tuvo que pellizcarse para comprobar que no era un sueño lo que estaba viviendo.
No reconocía aquella habitación donde había amanecido, era el doble de grande que el dormitorio de matrimonio de su casa. Su cama de forja había sido reemplazada por una de madera de roble con dosel, de la que caían unas finas cortinas de color granate con estampados en beige. Dirigió su mirada a la enorme ventana que daba a un amplio balcón, ocupando la mayor parte de la pared derecha y que estaba adornada con unas cortinas similares a las que colgaban del dosel de la cama. Su televisión de plasma había desaparecido y en su lugar, un gran armario del mismo tipo de madera que la cama con varias puertas y cajones, ocupaba toda la pared central. En la parte izquierda de la alcoba, había un tocador con algunos frascos de perfume y un peine de plata. Una silla tapizada con la misma tela beige que la colcha de la cama, completaba el perfecto conjunto de muebles. En la pared había un gran espejo colocado para que cualquiera que se mirase, pudiera verse de pies a cabeza y en el extremo de la habitación, había una jofaina para poder asearse.
No tenía ni idea de dónde estaba, pero lo que más le preocupaba no era eso, ¿cómo había llegado hasta allí?
Se levantó de la enorme cama y buscó con desesperación su teléfono móvil por toda la habitación. Tenía que llamar a alguien que pudiera explicarle dónde estaba, necesitaba pedir ayuda. Sin embargo, no había ni rastro de su iPhone 5.
Unos golpes en la puerta le hicieron regresar rápidamente a la cama. Estaba asustada por desconocer a la persona que llamaba a la puerta e intentó refugiarse entre las sábanas. El miedo a un posible secuestro se apoderó de todo su cuerpo. Sin embargo, cuando escuchó una voz conocida al otro lado, pudo respirar más tranquila. Por lo menos alguien cercano a ella iba a poder explicarle dónde estaba y qué hacía allí.
—¿Estas despierta cariño? —preguntó su madre en un perfecto inglés.
—Sí mamá, pasa por favor —respondió ella, también en inglés.
—¿Cómo amaneciste hoy, querida?
La pronunciación perfecta de su madre le sorprendió. No tenía ni idea de que estuviera aprendiendo tan rápido aquel idioma que a ella tanto le había costado adquirir en su adolescencia.
<<Esta mujer se está tomando muy en serio sus clases de inglés con el nativo que le está enseñando a sus amigas y a ella.>> Pensó Ruth todavía nerviosa.
Cuando Anne se acercó a la cama donde estaba acostada su hija, ésta se lanzó a sus brazos para desprenderse de toda la tensión que llevaba horas acumulando en su cuerpo. Anne la acunó con un fuerte abrazo como cuando era pequeña, dejando que su hija llorara sobre su hombro todo el tiempo que necesitara.
—¿Estás más tranquila cariño? —preguntó su madre con dulzura mientras retiraba algunas lágrimas de las mejillas de Ruth con un pañuelo de seda.
—Mamá, ¿de qué vas disfrazada? —interrogó horrorizada.
Ruth se fijó en el atuendo tan peculiar que llevaba puesto su madre: un vestido largo hasta los pies, de manga larga y en color blanco con flores estampadas en azul. Una vestimenta con la que jamás había visto a su madre.
<<Seguro que ese camisón lo usaba mi abuela cuando era joven para dormir y mi madre lo ha debido encontrar en alguno de sus cajones. Todo lo guarda, aunque sea más antiguo que Matusalén.>>
—¿Te gusta? Es el nuevo vestido de mañana que me ha regalado tu padre. El otro día fuimos a una de las mejores modistas de la ciudad y me lo ha confeccionado a mi gusto. Cuando te recuperes del todo, tú también deberías ir para completar tu armario.
—No me gusta nada el vestido, es horrible. Demasiado —Ruth buscó la palabra exacta—, clásico.
—Es un vestido de casa y es muy cómodo, cariño. ¡Eso es lo que importa!
Mamá, ¿quieres dejar de hablar en inglés? —preguntó algo mosqueada percatándose de que habían estado conversando en ese idioma todo el tiempo.
—¿Cómo quieres que hable? Es nuestra lengua.
Mamá, ¡no me tomes el pelo! Lo que pasó anoche es muy serio y aunque intentes hacerme reír para no pensar en lo que descubrí, me estás cabreando mucho más habló en español para que su madre usara también su idioma nativo. El enfado de Ruth seguía aumentando.
—No te entiendo hija. Será mejor que vuelva a avisar al médico. Estás hablando incoherencias —aseguró en inglés.
Cada minuto que pasaba, Ruth entendía menos lo que estaba sucediendo. Necesitaba una explicación y detalles para comprenderlo todo mejor, por lo que decidió armarse de paciencia y seguirle el juego a su madre. Solo así podría sacar algo en claro.
—No es necesario, mamá —Ruth volvió a usar el inglés—. Necesito que me expliques dónde estoy. No reconozco este lugar. Quiero que me lo cuentes todo, por favor.
—No te preocupes, Ruth. Empezaré desde el principio.
Según le contó su madre, Ruth llevaba casi dos semanas enferma. Una noche después de cenar, Anne se percató de que su hija mayor tenía una fiebre muy alta, con convulsiones repetidas y además usaba un lenguaje incoherente. Anne preocupada, mandó a su marido a buscar al médico. Después de inspeccionarla durante media hora, éste les comentó que su hija padecía la enfermedad de la muselina.
¿Y qué clase de enfermedad es esa? —preguntó atónita Ruth interrumpiendo a su madre.
—El médico del pueblo nos dijo que la enfermedad recibe ese nombre por la tela de la que están hechos algunos vestidos, la muselina. Unos días antes de que enfermaras, acudiste al baile de aniversario de Marie. ¿Te acuerdas? —Ruth negó, no sabía ni siquiera quién era la tal Marie—. Hacía mucho frío esa noche pero tú te empeñaste en ir solo con uno de tus vestidos sin nada de abrigo encima. Aquel día estaba lloviendo muy fuerte y volviste totalmente empapada. Esa fue la causa de tu elevada fiebre y de tu crisis de tos. El doctor nos comentó que, posiblemente cuando la fiebre bajara y recuperaras la consciencia, te encontrarías aturdida.
<<Resumiendo, me he cogido una gripe de mil demonios.>> Pensó Ruth.
—Dos días después de que enfermaras, tu padre recibió la visita de un mensajero de la cámara de lores. En una carta le informaban que había heredado el título de conde de Lendmunt debido a que el actual conde, un primo lejano suyo, había fallecido inesperadamente y sin descendencia directa, el siguiente en la línea de sucesión era tu padre. Papá se vio obligado a dejar su taller de herrería y aceptar el título dónde además del nuevo cargo, heredaría esta mansión en Londres, una hacienda en St. Munt y una pequeña fortuna. Yo no quería viajar hasta que estuvieras totalmente recuperada, pero era urgente nuestra partida. Durante horas, estuvimos discutiendo sobre nuestro viaje. Yo temía que tu enfermedad se agravara por el largo camino que tendríamos que recorrer desde nuestra aldea natal hasta aquí, pero tu padre se excusaba diciendo que debía cumplir con sus obligaciones. Yo intenté por todos los medios convencerlo, e incluso le acusé de no importarle tu salud y sé que aquel ataque le dolió en lo más profundo de su corazón.
—Vosotras sois lo más importante para mí y si acepto viajar de inmediato a Londres es precisamente pensando en vuestro bienestar, sobre todo en el de Ruth. Con el nuevo título a mis espaldas, tendremos mayor facilidad a la hora de conseguir un buen médico que se encargue de la recuperación de nuestra hija —había expuesto Boris a su esposa para terminar de convencerla.
El padre de Ruth trabajó toda la noche acomodando el carruaje de caballos para que el traslado de su hija fuera lo más confortable posible. Después de un largo día de viaje, llegaron a Lendmunt House y rápidamente ordenó que preparasen y adaptaran el dormitorio que ocuparía su hija mayor. En menos de una hora, su habitación estaba lista. Un criado subió a Ruth en brazos hasta sus aposentos y Boris llamó a un buen médico para que inspeccionara a su hija de nuevo. El doctor le cambió la medicación por una más cara pero a la vez más efectiva y le ordenó mantener reposo absoluto. Anne e Irene, la hermana menor de Ruth, se encargaron de cuidarla y bajarle la fiebre durante horas, igual como habían estado haciendo durante largos días y pesadas noches.
Ruth escuchaba atónita a su madre. Todo lo que le estaba contando parecía sacado de una novela o de una película. Aquello no podía ser cierto.
—Eso es muy poco creíble, mamá. ¿Quién podría creerse una historia tan inverosímil?
—Lo sé cariño, es muy raro. A nosotros también nos sorprendió, tu padre no sabía ni siquiera de la existencia de ese primo suyo. Pero es cierto y aquí está la prueba de ello. Esta casa y todo lo que hay ahí fuera es de tu padre. Ahora él es el conde de Lendmunt y yo la condesa. Nuestra vida ha cambiado en tan sólo unos días y ahora tendremos que poner todos nuestros esfuerzos por adaptarnos a esta nueva situación. Debemos estar a la altura.
—¿Y has dicho que ahora vivimos en Londres? —Ruth preguntó sin creer nada de lo que su madre le decía.
—Sí cariño, aunque pronto viajaremos a St. Munt.
—¿Y eso dónde está? —fingió interesarse para ver si su madre dejaba de bromear.
—Es una hacienda que hemos heredado en el campo, situada a las afueras de Brighton.
—¿Y supuestamente en qué año estamos?
En 1831, cariño.
<<¡Oh Santo Cielo! Si es cierto lo que me está contando… ¿He retrocedido doscientos años en menos de doce horas?¿Quién podría creerse algo así?
—Cariño, será mejor que descanses. Dentro de unos días tenemos nuestra fiesta de presentación en sociedad como los nuevos condes de Lendmunt. A tu padre y a mí nos gustaría que estuvieras presente y necesitas estar totalmente recuperada para asistir.
Lady Lendmunt besó a su hija en la frente y salió de la habitación, dejando a Ruth totalmente confundida. Estaba convencida de que su madre, o cualquier otra persona aliada con ella, le estaban gastando una broma de mal gusto. Todo lo que le había contado no podía ser cierto.
Ruth volvió a inspeccionar la habitación y cuando dirigió la vista al tocador, vio algo que la hizo dudar aún más. Se levantó decidida y fue hasta allí para coger el objeto que había llamado su atención. Entre sus manos tenía el amuleto, la esmeralda que le regaló la anciana el día anterior. Volvió a recordar el deseo que pidió justo antes de dormirse y la extraña luz que desprendió la gema de su colgante tras su demanda. ¿Tendría algo que ver aquel amuleto con todo lo que estaba viviendo en ese momento? ¿Realmente aquel cambio tan radical era lo que deseaba para su destino?
<<No, definitivamente no quiero esto. Si es cierto lo que me ha contado mi madre, deseo volver a mi casa, a mi trabajo y a mi rutina, aunque eso conlleve enfrentarme a mi nueva realidad sin Antonio.>>
—Necesito recuperar mi vida anterior —pidió con todas sus fuerzas apretando el amuleto entre sus manos.
Esperaba que la esmeralda volviera a iluminarse como hizo cuando pidió su anterior deseo, pero para desilusión de Ruth, aquello no sucedió. Resignada a esperar el tiempo que hiciese falta para que aquella pesadilla terminara, se miró en el espejo y volvió a colocarse su amuleto alrededor del cuello. Realmente le encantaba aquella piedra y aunque ya se hubiera vuelto inservible por haber gastado su deseo, adornaría su escote con ella.
Se miró en el espejo y lo que vio la desconcertó. Su aspecto era realmente el de una persona enferma. Tenía unas grandes marcas oscuras debajo de sus ojos y su rostro estaba pálido, sin rastro alguno de color. Sus facciones eran muy pronunciadas debido a su extrema delgadez. ¡Tenía la cara esquelética!
—Es como si hubiera pasado mucho tiempo sin comer. —Se observaba preocupada. <<¿Realmente habré estado enferma?>>
—Doce días y seis horas exactamente —respondió una voz detrás de ella sobresaltándola. No había escuchado la puerta abrirse y no esperaba que nadie estuviera en la habitación.
Pero cuando reconoció el timbre de voz de aquella persona, se giró rápidamente y corrió hacia la recién llegada, que la recibió con los brazos abiertos, como si llevarán años sin verse.
Realmente Ruth llevaba meses sin ver a su hermana Irene. Por motivos de trabajo ella había tenido que viajar a Irlanda y durante ese tiempo, le había echado mucho de menos. Pero eso era en su vida pasada, en esta nueva que acababa de comenzar no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaban sin verse.
 —Te he echado de menos, enana. —Usó el apelativo cariñoso con el que siempre se dirigía a ella.
Solo hace quince horas desde que vine a verte, ¿tanto me necesitas? —Rió Irene contagiando a su hermana Ruth—. Y otra cosa, ya no puedes decirme enana, tú te has quedado bastante más delgada que yo. —Irene volvió a besar a su hermana, se alegraba de que estuviera tan mejorada. Había temido mucho por su salud en los últimos días.
Irene tenía los ojos claros como Ruth, pero a diferencia de ella, su pelo era oscuro como el carbón. Era dos años más pequeña que Ruth pero siempre se habían llevado de maravilla. No podían pasar la una sin la otra. Además de ser hermanas eran las mejores amigas que podían existir en el mundo y entre ellas no había secretos.
Irene obligó a su hermana a sentarse en la silla del tocador, cogió el peine de plata que había sobre él y empezó a alisarle el cabello con delicadeza. Ruth sintió la necesidad de desahogarse con ella y mientras era mimada por su hermana pequeña, decidió contarle todo lo que había pasado en las últimas horas. Comenzó por la discusión con Antonio y cómo lo descubrió engañándola con otras dos mujeres en un local de alterne. Irene no conocía a ese tal Antonio del que hablaba su hermana, pero no quiso interrumpirla y la dejó que siguiera hablando. Había echado de menos su timbre de voz. Ruth siguió contándole cómo conoció a la anciana que le había regalado el amuleto y cómo su deseo había cambiado el destino, no sólo de ella sino al parecer, el de toda la familia.
—Irene, todo es por mi culpa. Yo os he traído hasta aquí.
—No eres la responsable de nada, Ruth. Estamos aquí porque nuestra suerte ha cambiado dándonos una nueva vida, mucho mejor de la que teníamos. Papá ha heredado todo lo que ahora tenemos y si alguien es el causante de ello, es su primo lejano por haber muerto.
—Pero yo pedí este deseo. ¿No me crees verdad?
—Será mejor que descanses. —Irene ignoró la pregunta de su hermana,  no quería alterarla ni contradecirla. Aquella reacción que estaba teniendo Ruth ya se la esperaban, el doctor se lo había advertido en una de sus primeras visitas.
Ruth asintió decepcionada, esperaba que su hermana creyera en su palabra pero su silencio la delató. Se tumbó en la cama como le había ordenado Irene y ésta la arropó con las suaves sábanas y la preciosa colcha.
—Dentro de unos días lo entenderás todo mucho mejor —aseguró Irene antes de cerrar la puerta del dormitorio.
Pero no iba a entenderlo mejor, ni ese día ni ningún otro. Se sentía impotente. Por esa misma regla de tres ella también estaba en su derecho de no creer la historia que le había contado su madre y su hermana. Sin embargo, eran dos testimonios a favor, en contra del suyo propio y seguramente no sería la última vez que escuchara aquella historia de cómo se habían convertido en parte de la nobleza, de la noche a la mañana.
Con enfado y rabia, se acurrucó entre las sabanas y con lágrimas en los ojos, volvió a quedarse dormida con un último interrogante en su mente:

<<¿Estaré confundida y será esta la vida que he tenido siempre?>>