jueves, 18 de diciembre de 2014

AMOR PROHIBIDO



Jade caminaba, cabizbaja, por los alrededores de la fortaleza donde vivía junto a su padre, el rey Luis el Bravo, absorbida en sus pensamientos y maldiciendo por no poder vivir la vida que siempre había soñado. Una vida junto a su amado Erik, al que su padre le había obligado a renunciar hacía ya varios meses. Pero eso no era excusa para que la pareja de amantes se siguieran viendo a escondidas.

De pronto, la princesa del reino sintió que alguien le agarraba del brazo a sus espaldas. Asustada, quiso gritar pero fue inútil, su captor consiguió taparle la boca a tiempo. El simple contacto de la piel del hombre con la suya, la hizo estremecerse. Con delicadeza, Jade se vio envuelta en unos brazos fuertes, que la agarraban con desesperación y la hacían girar, quedando a pocos centímetros del hombre al que tanto había anhelado las últimas semanas. Erik atrapó los labios de su amada princesa sellándolos con un tórrido beso, tan necesitado y apasionado como el resto de los que solían disfrutar ocasionalmente. 
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella cuando se separó de los labios de su amado.
—Necesita verte, mi amor —respondió desesperado Erik, sin dejar de abrazarla.
—Es peligroso que estés aquí. Mi padre o alguno de sus soldados pueden verte, y si eso sucede... ¡Oh Dios mío! ¡No quiero ni imaginarme que pasaría!
Jade se tapó el rostro con sus delicadas manos, mientras que en su cabeza no dejaban de aparecer las terribles imágenes de las consecuencias a las que, el dueño de su amor, tendría que enfrentarse en el caso de ser descubierto.
—No quiero que estés triste. —Erik le agarró el mentón con delicadeza mientras la guiaba a mirarle a los ojos—. No me importan las consecuencias porque no hay peor castigo que no poder verte, mi amor. Voy a venir siempre que pueda, aunque tenga que enfrentarme a todos los soldados de tu padre.
—Estás loco. —Jade volvió a besar a Erik, envuelta en un aurea de felicidad. 
—Tienes razón. ¡Estoy loco! Loco de amor por ti, mi bella princesa.
Unos pasos alertaron a la pareja de que alguien se estaba acercando.
—Tienes que marcharte. Por favor, Erik —pidió desesperada una asustada Jade.
—Volveré mi amor. —Erik se despidió de Jade con un dulce beso en los labios—. Te juro que volveré.
Y sin decir nada más, emprendió una carrera veloz, desapareciendo en la oscuridad de la noche, ante la atenta mirada de la mujer a la que amaba con todo su corazón.
No sabían cuánto tiempo deberían esperar para volver a encontrarse. Lo único que podían asegurar era que estaban unidos, de por vida, por sus propios corazones que latían al mismo son.


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