miércoles, 25 de noviembre de 2015

HOY COMIENZA UN NUEVO DÍA



Con todo mi respeto y cariño, para todas las personas que sufren este problema.
Ármate de valor y toma las riendas de tu vida.
Ánimo, sigue adelante. Lucha, por y para tí.
No estás sola. No aguantes más.
Vive.



Aquí estoy, una vez más, sentada en la orilla de esta playa, la que tantas veces ha sido testigo de mis alegrías y mis lamentos. Veo como las olas chocan y se rompen contra las rocas, igual que las palabras chocan y se rompen, una y otra vez, en mi cabeza. <<¿Habré hecho lo correcto?>> Una vez más, comienzan a aparecer las dudas y los temores, pero todo ha terminado y ya no hay marcha atrás. Ya he tomado la decisión. Vuelvo a ser libre aunque no estoy contenta, un sentimiento amargo me acompaña.

—¡No puedes dejarme! Yo te quiero. Voy a cambiar por ti. Te lo prometo.

¡Cuántas veces habré escuchado esas falsas palabras! ¡Cuántas veces me las he creído y he dado marcha atrás en mi decisión! Pero hoy no, hoy es diferente. Hoy he salido corriendo. He huido y no me siento cobarde por ello, porque por primera vez, he marchado hacia mi libertad. ¿Y quién sabe? Quizás, hacia mi felicidad.

De repente me acuerdo de él. <<¿Cómo estará?>> A pesar de todo, le quiero, ha sido mi compañero y amigo durante seis años. Pero, ¿realmente habrá sido también mi amor?

Seis duros y largos años donde he reído, es verdad, pero también he llorado y mucho. He aguantado sus salidas y llegadas a altas horas de la madrugada, sus borracheras nocturnas y sus resacas mañaneras. He sido testigo de cómo, poco a poco, se iba consumiendo, y lo que es peor, como yo me iba consumiendo con él. He soportado cómo me achacaba diariamente, la culpa de todo lo malo que ocurría, he sido víctima de sus inseguridades creando con ello mis propias inseguridades, de su mal humor y de sus faltas de respeto hacia mí.

¡No sirves para nada!
¡La culpa es sólo tuya, ¿me escuchas? Tú sabrás como vas a arreglar todo este caos, pero lo vas a hacer y lo vas a hacer sola, ¿me has entendido?

¿Dónde vas con esa ropa y tan maquillada? Pareces una fulana.

Y así podría seguir diciendo todas y cada una de las palabras que me ha ido dedicando durante todo este tiempo, porque las tengo clavadas en mi cabeza y en lo más profundo de mi alma, como un frío puñal hincado en el centro de mi corazón. Pero todo ha terminado y ya no hay marcha atrás. He dado un paso hacia mi tranquilidad. Hoy comienza un nuevo día.

Me quito las botas, me levanto y comienzo a pasear por la orilla. El agua fría acaricia mis pies, hasta este momento, calientes por el calor que guardaban dentro de mis botas. El contraste de temperatura, lejos de molestarme, me agrada. Es justo como me siento ahora mismo. Un contraste de sentimientos enfrentados habitan dentro de mí. No quiero llorar, no debo hacerlo. Él no se merece que derrame ni una lágrima más por él. Debo ser positiva y mirar de frente.

Una ola choca cerca de mí, salpicándome algunas gotas que me alcanzan la cara y se mezclan con mis saladas lágrimas. Saco un pañuelo del bolsillo de mi pantalón y me seco las seco con seguridad. Lo he decidido: no voy a llorar más. Tengo que ser egoísta y pensar en mi bienestar. Él ha querido abandonarse y yo, lamentablemente, no puedo hacer nada más por él. Ahora voy a mirar por mí, sólo por mí. Voy a luchar a contracorriente, como las conchas que pasan cerca de mis pies y luchan contra el agua que las van empujando.

Quizás mi familia no me apoye. Me juzgarán porque, según ellos, habré abandonado a mi hombre cuando más me necesitaba. Quiás tengo que luchar sola contra todo y todos. Pero hoy, más que nunca, voy a ser fuerte. Hay muchas personas que lo han conseguido. ¿Por qué yo no?


Sigo paseando descalza, sintiendo en mis pies la suave arena de la playa acompañada por el agua que se acerca a acariciarme, a consolarme, a mimarme. Mi cabeza vuela hacia lo que pasó hace apenas un par de horas, el detonante de mi huida, del abandono del hombre que ha sido mis ojos durante seis años.
Estaba en casa, cocinando su comida favorita. Quería sorprenderle. Hoy era nuestro sexto aniversario. Estaba ilusionada y aún recordaba feliz, las palabras que me dedicó la noche anterior mientras hacíamos el amor. Quizás no eran las más bonitas que haya escuchado en mi vida, pero a comparación de todas las que últimamente me regalaba, eran mágicas. 

De pronto un golpe fuerte me sobresaltó, devolviéndome a la realidad. Él ya había llegado del trabajo. Escuché golpes procedentes del salón, ruidos que parecían figuras romperse, golpes a los muebles, sillas caerse… Apagué el fuego y asustada, me dirigí hacia el lugar de donde procedían los golpes. 


Ahí estaba él, tirando y rompiendo todo lo que encontraba a su paso, fuera de sí. Tenía los ojos muy abiertos y la mandíbula desencajada. Yo intenté esconderme detrás de la puerta. Tenía miedo. No quería que me viera, pero fue inútil. Él se dio cuenta de mi presencia y se acercó a mi. 


Me han despedido del trabajo. Maldita sea. 

Me dio un empujón tirándome al suelo.


No vamos a poder seguir pagando la hipoteca. Vamos a vivir como unos pobres miserables. 

Se agachó a mi lado y me agarró la cara con fuerza.


Tú tienes la culpa de todo. Sí, tú, maldita mujer. Si trabajaras podríamos seguir manteniendo nuestra vida. Pero no vales para nada. No haces nada bien. ¿Quién te va a querer contratar a ti?

En ese momento, con la palma de la mano abierta, me dio un bofetón. Yo intentaba levantarme, pero su fuerza era superior a la mía. Después de un rato tirada en el suelo, recibiendo insultos y algunos golpes más, sonó su móvil. <<Bendito móvil>>.  El teléfono quizás me salvó de un final desastroso. 


Se levantó, aceptó la llamada y sin decir nada, salió de casa pegando un portazo.
En ese momento supe que tenía que irme de allí. Dejarlo todo atrás y comenzar una nueva vida, sola. Era la primera vez que me golpeaba y estaba segura que también sería la última.

Me vuelvo a sentar cerca de la orilla para sentir como la brisa acaricia salvajemente mi cabello. La tristeza vuelve a apoderarse de mí y aunque intento ser fuerte, no puedo controlar mis lágrimas. Apoyo mi cabeza en las rodillas mientras éstas son abrazadas por mis manos.

No sé cuánto rato estoy en esa posición, cuando siento que algo suave acaricia mis manos y empieza a girar a mí alrededor. Levanto la cara y justo delante de mí, delante de mis ojos, hay una bolita de pelo blanco. Es un perro.

—Hola bonito, ¿qué haces aquí? ¿Dónde está tu dueño?

El perro agacha la cabeza mientras mueve la cola tristemente. Me fijo en su pata y me percato de que está herido. Lo tomo en brazos y acunándolo, me acerco a la orilla y le limpio la sangre que tiene en ella. En ese momento soy consciente de que esa preciosa criatura y yo tenemos algo en común: los dos estamos solos.

Una vez limpiada la herida, el animal me lo agradece lamiéndome las manos con su cálida lengua. Lo dejo en el suelo y comienza a saltar, a tumbarse para que lo acaricie y a corretear entre mis piernas.

Por un momento me olvido de todo y me centro en esa pequeña criatura. De repente la curiosidad se apodera de mí, me agacho, le hago girarse sobre su lomo y lo observo. Es una perrita. La vuelvo a mirar y su cola me saluda alegremente, mientras sus ojos brillantes siguen clavados en mí. A pesar de su soledad y de sus heridas está contenta. Me demuestra que hay que luchar a pesar de las adversidades y aunque existan obstáculos, hay que mirar la vida con energía.

Me vuelve a lamer con cariño. Soy una desconocida para ella pero eso parece no importarle porque me da todo el cariño que hoy necesito y nadie más me está dando. En ese momento lo tengo claro. Asha será mi nueva compañera en esta aventura que es la vida.

Hoy comienza un nuevo día… Para Asha, para mí.




martes, 10 de noviembre de 2015

"EL AMULETO DE MI DESTINO" CAPÍTULO 1


CAPÍTULO 1

Londres, año 1831…
Los primeros rayos de sol entraron por el enorme ventanal de la habitación donde dormía Ruth, sacándola del sueño espantoso que había tenido aquella noche. El engaño de su marido volvió a estar presente en su pesadilla, algo que no la había dejado descansar todo lo bien que necesitaba. Cuando se despertó, se inquietó al no saber dónde se encontraba, abrió los ojos como platos y tuvo que pellizcarse para comprobar que no era un sueño lo que estaba viviendo.
No reconocía aquella habitación donde había amanecido, era el doble de grande que el dormitorio de matrimonio de su casa. Su cama de forja había sido reemplazada por una de madera de roble con dosel, de la que caían unas finas cortinas de color granate con estampados en beige. Dirigió su mirada a la enorme ventana que daba a un amplio balcón, ocupando la mayor parte de la pared derecha y que estaba adornada con unas cortinas similares a las que colgaban del dosel de la cama. Su televisión de plasma había desaparecido y en su lugar, un gran armario del mismo tipo de madera que la cama con varias puertas y cajones, ocupaba toda la pared central. En la parte izquierda de la alcoba, había un tocador con algunos frascos de perfume y un peine de plata. Una silla tapizada con la misma tela beige que la colcha de la cama, completaba el perfecto conjunto de muebles. En la pared había un gran espejo colocado para que cualquiera que se mirase, pudiera verse de pies a cabeza y en el extremo de la habitación, había una jofaina para poder asearse.
No tenía ni idea de dónde estaba, pero lo que más le preocupaba no era eso, ¿cómo había llegado hasta allí?
Se levantó de la enorme cama y buscó con desesperación su teléfono móvil por toda la habitación. Tenía que llamar a alguien que pudiera explicarle dónde estaba, necesitaba pedir ayuda. Sin embargo, no había ni rastro de su iPhone 5.
Unos golpes en la puerta le hicieron regresar rápidamente a la cama. Estaba asustada por desconocer a la persona que llamaba a la puerta e intentó refugiarse entre las sábanas. El miedo a un posible secuestro se apoderó de todo su cuerpo. Sin embargo, cuando escuchó una voz conocida al otro lado, pudo respirar más tranquila. Por lo menos alguien cercano a ella iba a poder explicarle dónde estaba y qué hacía allí.
—¿Estas despierta cariño? —preguntó su madre en un perfecto inglés.
—Sí mamá, pasa por favor —respondió ella, también en inglés.
—¿Cómo amaneciste hoy, querida?
La pronunciación perfecta de su madre le sorprendió. No tenía ni idea de que estuviera aprendiendo tan rápido aquel idioma que a ella tanto le había costado adquirir en su adolescencia.
<<Esta mujer se está tomando muy en serio sus clases de inglés con el nativo que le está enseñando a sus amigas y a ella.>> Pensó Ruth todavía nerviosa.
Cuando Anne se acercó a la cama donde estaba acostada su hija, ésta se lanzó a sus brazos para desprenderse de toda la tensión que llevaba horas acumulando en su cuerpo. Anne la acunó con un fuerte abrazo como cuando era pequeña, dejando que su hija llorara sobre su hombro todo el tiempo que necesitara.
—¿Estás más tranquila cariño? —preguntó su madre con dulzura mientras retiraba algunas lágrimas de las mejillas de Ruth con un pañuelo de seda.
—Mamá, ¿de qué vas disfrazada? —interrogó horrorizada.
Ruth se fijó en el atuendo tan peculiar que llevaba puesto su madre: un vestido largo hasta los pies, de manga larga y en color blanco con flores estampadas en azul. Una vestimenta con la que jamás había visto a su madre.
<<Seguro que ese camisón lo usaba mi abuela cuando era joven para dormir y mi madre lo ha debido encontrar en alguno de sus cajones. Todo lo guarda, aunque sea más antiguo que Matusalén.>>
—¿Te gusta? Es el nuevo vestido de mañana que me ha regalado tu padre. El otro día fuimos a una de las mejores modistas de la ciudad y me lo ha confeccionado a mi gusto. Cuando te recuperes del todo, tú también deberías ir para completar tu armario.
—No me gusta nada el vestido, es horrible. Demasiado —Ruth buscó la palabra exacta—, clásico.
—Es un vestido de casa y es muy cómodo, cariño. ¡Eso es lo que importa!
Mamá, ¿quieres dejar de hablar en inglés? —preguntó algo mosqueada percatándose de que habían estado conversando en ese idioma todo el tiempo.
—¿Cómo quieres que hable? Es nuestra lengua.
Mamá, ¡no me tomes el pelo! Lo que pasó anoche es muy serio y aunque intentes hacerme reír para no pensar en lo que descubrí, me estás cabreando mucho más habló en español para que su madre usara también su idioma nativo. El enfado de Ruth seguía aumentando.
—No te entiendo hija. Será mejor que vuelva a avisar al médico. Estás hablando incoherencias —aseguró en inglés.
Cada minuto que pasaba, Ruth entendía menos lo que estaba sucediendo. Necesitaba una explicación y detalles para comprenderlo todo mejor, por lo que decidió armarse de paciencia y seguirle el juego a su madre. Solo así podría sacar algo en claro.
—No es necesario, mamá —Ruth volvió a usar el inglés—. Necesito que me expliques dónde estoy. No reconozco este lugar. Quiero que me lo cuentes todo, por favor.
—No te preocupes, Ruth. Empezaré desde el principio.
Según le contó su madre, Ruth llevaba casi dos semanas enferma. Una noche después de cenar, Anne se percató de que su hija mayor tenía una fiebre muy alta, con convulsiones repetidas y además usaba un lenguaje incoherente. Anne preocupada, mandó a su marido a buscar al médico. Después de inspeccionarla durante media hora, éste les comentó que su hija padecía la enfermedad de la muselina.
¿Y qué clase de enfermedad es esa? —preguntó atónita Ruth interrumpiendo a su madre.
—El médico del pueblo nos dijo que la enfermedad recibe ese nombre por la tela de la que están hechos algunos vestidos, la muselina. Unos días antes de que enfermaras, acudiste al baile de aniversario de Marie. ¿Te acuerdas? —Ruth negó, no sabía ni siquiera quién era la tal Marie—. Hacía mucho frío esa noche pero tú te empeñaste en ir solo con uno de tus vestidos sin nada de abrigo encima. Aquel día estaba lloviendo muy fuerte y volviste totalmente empapada. Esa fue la causa de tu elevada fiebre y de tu crisis de tos. El doctor nos comentó que, posiblemente cuando la fiebre bajara y recuperaras la consciencia, te encontrarías aturdida.
<<Resumiendo, me he cogido una gripe de mil demonios.>> Pensó Ruth.
—Dos días después de que enfermaras, tu padre recibió la visita de un mensajero de la cámara de lores. En una carta le informaban que había heredado el título de conde de Lendmunt debido a que el actual conde, un primo lejano suyo, había fallecido inesperadamente y sin descendencia directa, el siguiente en la línea de sucesión era tu padre. Papá se vio obligado a dejar su taller de herrería y aceptar el título dónde además del nuevo cargo, heredaría esta mansión en Londres, una hacienda en St. Munt y una pequeña fortuna. Yo no quería viajar hasta que estuvieras totalmente recuperada, pero era urgente nuestra partida. Durante horas, estuvimos discutiendo sobre nuestro viaje. Yo temía que tu enfermedad se agravara por el largo camino que tendríamos que recorrer desde nuestra aldea natal hasta aquí, pero tu padre se excusaba diciendo que debía cumplir con sus obligaciones. Yo intenté por todos los medios convencerlo, e incluso le acusé de no importarle tu salud y sé que aquel ataque le dolió en lo más profundo de su corazón.
—Vosotras sois lo más importante para mí y si acepto viajar de inmediato a Londres es precisamente pensando en vuestro bienestar, sobre todo en el de Ruth. Con el nuevo título a mis espaldas, tendremos mayor facilidad a la hora de conseguir un buen médico que se encargue de la recuperación de nuestra hija —había expuesto Boris a su esposa para terminar de convencerla.
El padre de Ruth trabajó toda la noche acomodando el carruaje de caballos para que el traslado de su hija fuera lo más confortable posible. Después de un largo día de viaje, llegaron a Lendmunt House y rápidamente ordenó que preparasen y adaptaran el dormitorio que ocuparía su hija mayor. En menos de una hora, su habitación estaba lista. Un criado subió a Ruth en brazos hasta sus aposentos y Boris llamó a un buen médico para que inspeccionara a su hija de nuevo. El doctor le cambió la medicación por una más cara pero a la vez más efectiva y le ordenó mantener reposo absoluto. Anne e Irene, la hermana menor de Ruth, se encargaron de cuidarla y bajarle la fiebre durante horas, igual como habían estado haciendo durante largos días y pesadas noches.
Ruth escuchaba atónita a su madre. Todo lo que le estaba contando parecía sacado de una novela o de una película. Aquello no podía ser cierto.
—Eso es muy poco creíble, mamá. ¿Quién podría creerse una historia tan inverosímil?
—Lo sé cariño, es muy raro. A nosotros también nos sorprendió, tu padre no sabía ni siquiera de la existencia de ese primo suyo. Pero es cierto y aquí está la prueba de ello. Esta casa y todo lo que hay ahí fuera es de tu padre. Ahora él es el conde de Lendmunt y yo la condesa. Nuestra vida ha cambiado en tan sólo unos días y ahora tendremos que poner todos nuestros esfuerzos por adaptarnos a esta nueva situación. Debemos estar a la altura.
—¿Y has dicho que ahora vivimos en Londres? —Ruth preguntó sin creer nada de lo que su madre le decía.
—Sí cariño, aunque pronto viajaremos a St. Munt.
—¿Y eso dónde está? —fingió interesarse para ver si su madre dejaba de bromear.
—Es una hacienda que hemos heredado en el campo, situada a las afueras de Brighton.
—¿Y supuestamente en qué año estamos?
En 1831, cariño.
<<¡Oh Santo Cielo! Si es cierto lo que me está contando… ¿He retrocedido doscientos años en menos de doce horas?¿Quién podría creerse algo así?
—Cariño, será mejor que descanses. Dentro de unos días tenemos nuestra fiesta de presentación en sociedad como los nuevos condes de Lendmunt. A tu padre y a mí nos gustaría que estuvieras presente y necesitas estar totalmente recuperada para asistir.
Lady Lendmunt besó a su hija en la frente y salió de la habitación, dejando a Ruth totalmente confundida. Estaba convencida de que su madre, o cualquier otra persona aliada con ella, le estaban gastando una broma de mal gusto. Todo lo que le había contado no podía ser cierto.
Ruth volvió a inspeccionar la habitación y cuando dirigió la vista al tocador, vio algo que la hizo dudar aún más. Se levantó decidida y fue hasta allí para coger el objeto que había llamado su atención. Entre sus manos tenía el amuleto, la esmeralda que le regaló la anciana el día anterior. Volvió a recordar el deseo que pidió justo antes de dormirse y la extraña luz que desprendió la gema de su colgante tras su demanda. ¿Tendría algo que ver aquel amuleto con todo lo que estaba viviendo en ese momento? ¿Realmente aquel cambio tan radical era lo que deseaba para su destino?
<<No, definitivamente no quiero esto. Si es cierto lo que me ha contado mi madre, deseo volver a mi casa, a mi trabajo y a mi rutina, aunque eso conlleve enfrentarme a mi nueva realidad sin Antonio.>>
—Necesito recuperar mi vida anterior —pidió con todas sus fuerzas apretando el amuleto entre sus manos.
Esperaba que la esmeralda volviera a iluminarse como hizo cuando pidió su anterior deseo, pero para desilusión de Ruth, aquello no sucedió. Resignada a esperar el tiempo que hiciese falta para que aquella pesadilla terminara, se miró en el espejo y volvió a colocarse su amuleto alrededor del cuello. Realmente le encantaba aquella piedra y aunque ya se hubiera vuelto inservible por haber gastado su deseo, adornaría su escote con ella.
Se miró en el espejo y lo que vio la desconcertó. Su aspecto era realmente el de una persona enferma. Tenía unas grandes marcas oscuras debajo de sus ojos y su rostro estaba pálido, sin rastro alguno de color. Sus facciones eran muy pronunciadas debido a su extrema delgadez. ¡Tenía la cara esquelética!
—Es como si hubiera pasado mucho tiempo sin comer. —Se observaba preocupada. <<¿Realmente habré estado enferma?>>
—Doce días y seis horas exactamente —respondió una voz detrás de ella sobresaltándola. No había escuchado la puerta abrirse y no esperaba que nadie estuviera en la habitación.
Pero cuando reconoció el timbre de voz de aquella persona, se giró rápidamente y corrió hacia la recién llegada, que la recibió con los brazos abiertos, como si llevarán años sin verse.
Realmente Ruth llevaba meses sin ver a su hermana Irene. Por motivos de trabajo ella había tenido que viajar a Irlanda y durante ese tiempo, le había echado mucho de menos. Pero eso era en su vida pasada, en esta nueva que acababa de comenzar no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaban sin verse.
 —Te he echado de menos, enana. —Usó el apelativo cariñoso con el que siempre se dirigía a ella.
Solo hace quince horas desde que vine a verte, ¿tanto me necesitas? —Rió Irene contagiando a su hermana Ruth—. Y otra cosa, ya no puedes decirme enana, tú te has quedado bastante más delgada que yo. —Irene volvió a besar a su hermana, se alegraba de que estuviera tan mejorada. Había temido mucho por su salud en los últimos días.
Irene tenía los ojos claros como Ruth, pero a diferencia de ella, su pelo era oscuro como el carbón. Era dos años más pequeña que Ruth pero siempre se habían llevado de maravilla. No podían pasar la una sin la otra. Además de ser hermanas eran las mejores amigas que podían existir en el mundo y entre ellas no había secretos.
Irene obligó a su hermana a sentarse en la silla del tocador, cogió el peine de plata que había sobre él y empezó a alisarle el cabello con delicadeza. Ruth sintió la necesidad de desahogarse con ella y mientras era mimada por su hermana pequeña, decidió contarle todo lo que había pasado en las últimas horas. Comenzó por la discusión con Antonio y cómo lo descubrió engañándola con otras dos mujeres en un local de alterne. Irene no conocía a ese tal Antonio del que hablaba su hermana, pero no quiso interrumpirla y la dejó que siguiera hablando. Había echado de menos su timbre de voz. Ruth siguió contándole cómo conoció a la anciana que le había regalado el amuleto y cómo su deseo había cambiado el destino, no sólo de ella sino al parecer, el de toda la familia.
—Irene, todo es por mi culpa. Yo os he traído hasta aquí.
—No eres la responsable de nada, Ruth. Estamos aquí porque nuestra suerte ha cambiado dándonos una nueva vida, mucho mejor de la que teníamos. Papá ha heredado todo lo que ahora tenemos y si alguien es el causante de ello, es su primo lejano por haber muerto.
—Pero yo pedí este deseo. ¿No me crees verdad?
—Será mejor que descanses. —Irene ignoró la pregunta de su hermana,  no quería alterarla ni contradecirla. Aquella reacción que estaba teniendo Ruth ya se la esperaban, el doctor se lo había advertido en una de sus primeras visitas.
Ruth asintió decepcionada, esperaba que su hermana creyera en su palabra pero su silencio la delató. Se tumbó en la cama como le había ordenado Irene y ésta la arropó con las suaves sábanas y la preciosa colcha.
—Dentro de unos días lo entenderás todo mucho mejor —aseguró Irene antes de cerrar la puerta del dormitorio.
Pero no iba a entenderlo mejor, ni ese día ni ningún otro. Se sentía impotente. Por esa misma regla de tres ella también estaba en su derecho de no creer la historia que le había contado su madre y su hermana. Sin embargo, eran dos testimonios a favor, en contra del suyo propio y seguramente no sería la última vez que escuchara aquella historia de cómo se habían convertido en parte de la nobleza, de la noche a la mañana.
Con enfado y rabia, se acurrucó entre las sabanas y con lágrimas en los ojos, volvió a quedarse dormida con un último interrogante en su mente:

<<¿Estaré confundida y será esta la vida que he tenido siempre?>>


lunes, 24 de agosto de 2015

PRÓLOGO EL AMULETO DE MI DESTINO

¡¡¡Buenas noches mis Destinadas!!!

Hoy, aprovechando que es 24 de agosto, "Día del Lector", me apetece compartir con vosotros, mis Lectores, el prólogo de mi segunda novela, titulada "El amuleto de mi destino", una historia que terminé hace exactamente 7 meses y que creo que va siendo hora de que vayáis conociendo detalles de ella... Espero que este adelanto os deje con un buen sabor de boca :)

Prólogo

Septiembre de 2013…

¡El día había llegado! Aquella noche empezaba la feria medieval, la fiesta más especial para la gran mayoría de los habitantes del barrio de Madrid en el que vivía Ruth. Durante todo el año, la mujer esperaba con ansias la llegada de esos días que ella definía como mágicos. Le encantaba disfrazarse con trajes típicos de la época, participar en todas las actividades y pasear por el mercado medieval. Había diversos puestos de productos artesanales y actividades variadas, por lo que el espectáculo estaba asegurado.
Ese año, con la ayuda de su madre Ana, habían confeccionado un traje de doncella que le había enamorado cuando lo vio por Internet. Eso aumentaba, aún más, las ganas de acudir al mercado medieval. Pero ese año sería muy diferente para ella y marcaría un antes y un después en su forma de ver la fiesta.
Aquella tarde, Ruth discutió con su marido Antonio, algo muy habitual en su matrimonio desde hacía varios meses.
—Cariño, hoy comienzan las fiestas medievales —le comentó Ruth a su esposo mientras comían.
—Ya lo sé, llevan todo el mes dando la lata con la dichosa feria. ¿Qué me quieres decir con eso? —preguntó con desgana intuyendo lo que su mujer quería.
—Que no vengas muy tarde esta noche para poder dar una vuelta por el recinto ferial —pidió añadiendo dulzura a su voz.
—Yo no pienso ir, Ruth. Vengo cansado de trabajar y lo que menos me apetece es ir a lo que todos llamáis mercado medieval, que de eso tiene poco —aclaró—, para ver a cuatro payasos disfrazados.
—Antonio, a ti antes te gustaba ir.
—Tú lo has dicho. ¡Antes! —Miró a los ojos de su esposa por primera vez en todo lo que llevaban de comida—. Se ha vuelto monótono, todos los años es lo mismo.
—Yo había pensado que podíamos quedar con nuestros amigos y…
—¡Y nada! —interrumpió a su mujer dando un golpe en la mesa, haciendo que se derramase parte de la sopa del plato de Ruth—. ¡He dicho que no! Déjame comer tranquilo.
—Pero yo quiero ir Antonio. Llevo meses cosiéndome un vestido y no me gustaría guardarlo en el armario sin haberlo estrenado siquiera —insistió.
—¡Joder, Ruth! Vengo harto de estar toda la santa mañana trabajando para traer algo de dinero a casa y cuando llego, ¿qué me encuentro? A una esposa toca pelotas cuyo único objetivo es fastidiarme con sus caprichos.
—¡No son caprichos y no quiero molestarte! Te comento lo que me apetece, ¿tan mala soy por eso? Somos un matrimonio y la comunicación es primordial. —Ruth, al ver la actitud negativa de su esposo, perdió la poca paciencia que le quedaba y levantó la voz—. Eres un egoísta que no tienestiempo para salir con tu esposa pero sí lo tienes tpara tomarte unas cervezas con tus amigotes en el bar. ¿Para eso no estás cansado, querido? —preguntó con ironía.
—Está visto que ni a la hora de la comida puedo descansar de tus reproches.  ¡Me voy a la oficina! —Con genio lanzó la servilleta contra su plato aún lleno de sopa y se levantó de la mesa.
—¡Aún no has terminado de comer y tampoco es la hora de que te vayas!
—Me da igual, cualquier lugar es mejor que éste cuando te pones a contradecirme en todo.
—Antonio, no hemos terminado de hablar. No me dejes con la palabra en la boca —gritó furiosa con la voz entrecortada.
Pero ya era demasiado tarde, su marido se había marchado dando un portazo, sin pensar en lo que ella quería. No había ni rastro del marido cariñoso y atento con el que se casó. Con lágrimas en los ojos, recogió la mesa y se tumbó en el sofá durante horas, mientras que los recuerdos felices de su matrimonio invadían su mente.
Eran casi las nueve y Antonio aún no había regresado de trabajar. Hacía ya casi una hora que tenía que haber salido del trabajo. Ruth, hasta ese momento, mantenía la esperanza de que su marido volviera temprano para ir a la feria, pero como era de esperar, eso no sucedió. Se secó las últimas lágrimas que quedaban en sus ojos, pues ya las había agotado todas durante la tarde y tomó una decisión.
—Estoy cansada de hacer siempre lo que él quiera. Me voy yo sola y si se enfada, ya tiene dos trabajos: enfadarse y desenfadarse.
Ruth se dirigió a su armario, sacó su precioso vestido de doncella en color marrón chocolate y beige y se lo colocó. Fue directa al espejo para admirar el resultado de días y noches cosiendo sin cesar y lo que vio le gustó mucho. Estaba realmente preciosa.
El vestido caía hasta sus pies, era de manga larga y acampanada, ajustado en la cintura, rematado con un cinturón de pedrería y tenía un escote cuadrado que ensalzaban sus prominentes pechos. Había alisado su larga y dorada melena y había colocado alrededor de ella una cinta de la misma tela que el vestido.
<<En otra época, Antonio no se cansaría de decirme lo hermosa que estoy. ¡Cómo echo de menos al hombre del que me enamoré! ¡Ha cambiado tanto!>>
Un nudo de emociones volvió a hacer acto de presencia en su estómago pero con decisión lo deshizo antes de que llegara a sus ojos. Respiró profundo y se propuso olvidarse de todo  para poder disfrutar de la noche.
Durante horas, Ruth paseó por el mercado acompañada de varias amigas que se encontró por el recinto, asistió a una exhibición de danza del vientre, acudió a un musical de una preciosa historia de amor y acompañó a los actores de teatro de calle en su pasacalle nocturno. Cuando la gente del mercado empezó a dispersarse y los comerciantes comenzaron a recoger sus puestos, se fijó en la hora que era y se sorprendió al percatarse de lo rápido que había pasado el tiempo.
<<Antonio debe estar furioso. Me he salido de casa sin decirle nada, son las dos de la madrugada y aún no he vuelto. No quiero ni imaginarme el sermón que me espera cuando llegue. Bueno, eso será si está en casa y no ha salido como acostumbra.>>
Estaba a punto de salir por el arco que la hacía volver a la época actual, cuando alguien llamó su atención.
—¡Rubia!  Oye, la que va disfrazada de doncella.
Ruth se giró y sorprendida articuló con sus labios un <<¿yo?>> mudo. La anciana, de cabellos blancos y piel arrugada como una pasa, asintió con rostro angelical.
—¡Acércate Ruth!
Ella lo dudó por unos momentos, pero cuando la anciana pronunció su nombre, se sorprendió caminando hacia ella. <<¿Cómo sabe esta señora como me llamo?>>
 Casi sin darse cuenta, siguió a la mujer al interior de una improvisada habitación con telas de varios colores, dónde había colocadas dos sillas separadas por una mesa de hierro y varios estantes con piedras y amuletos a ambos lados de la estancia. Ruth se quedó fijamente mirando a una piedra de color verde que tenía un tono idéntico al de sus ojos.
—Te gusta, ¿verdad? Es la esmeralda, mi preferida y sé que la tuya también lo es. Lo veo en tus ojos.
Ruth miró confundida a la señora. No entendía que hacía allí sentada, no se acordaba cómo había entrado, era como si una fuerza mayor la hubiera empujado al interior de aquel lugar.
—¿Quién es usted y qué quiere de mí? —preguntó asustada.
—Solo quiero guiarte querida, estás muy pérdida —contestó la anciana muy serena.
—Señora, yo no necesito su ayuda. ¿Por qué debería aceptarla?
—Ahora mismo no eres consciente, vives en la ignorancia, pero si me dejas que te cuente la verdad que no quieres descubrir por ti misma, podrás volver a tomar las riendas de tu vida.
—¿De qué verdad me está hablando? —preguntó enfadada, apretando los puños con fuerza.
—La relación con Antonio, tu marido, no es buena desde hace varios meses. Las discusiones son abundantes en vuestro hogar y las muestras del amor inmenso que os teníais, cada día son menos frecuentes. —Ruth quería interrumpirla, pero estaba tan impresionada por todo lo que le decía la anciana que la dejó hablar—. Él apenas pasa tiempo en casa y tú ya has comenzado a notar que vuestro matrimonio no está bien y lo que es peor, sabes que vuestro amor se está escapando por una ventana que cada día es más difícil de cerrar. Tú no eres feliz y está en tus manos cambiar tu destino.
La sorpresa de la joven era mayúscula, ¿cómo podía saber aquella señora tantas cosas de su vida? Todo lo que había dicho era cierto. No era feliz, ya no.
<<Antonio ha cambiado demasiado en los últimos meses. Desde que perdimos al bebé que estábamos esperando con muchísima ilusión, él no ha vuelto a ser el mismo.>>
De los ojos de Ruth comenzaron a brotar lágrimas como puños. La anciana la dejó desahogarse, era necesario para que pudiera seguir escuchándola. Le tendió un pañuelo de seda y Ruth lo aceptó confundida pero a la vez agradecida. Por fin alguien comprendía como se había sentido durante meses.
Nunca había creído en las adivinas, para ella eran charlatanas que hablaban sin saber y que si acertaban, era de casualidad. Pero aquellas revelaciones que le estaba haciendo la anciana no podían ser fruto de la casualidad. <<Demasiadas coincidencias.>>
—Veo en tus ojos que tienes un alma trasparente —la anciana interrumpió sus pensamientos—, llena de bondad y no te mereces todo lo que está sucediendo a tus espaldas. No debería ser yo quién te lo diga, pero tus ojos me lo están suplicando.
A Ruth le sudaban las manos por los nervios, el corazón amenazaba con salirse de su pecho y las lágrimas volvieron a hacer acto de presencia. Tenía miedo de que aquella mujer en la que había comenzado a confiar le revelara lo que más temía.
—Pero antes de decírtelo quiero entregarte algo.
La adivina se levantó, fue al estante de los amuletos y decidida, escondió algo entre sus manos. Volvió a su silla y sin dejar que la joven que tenía enfrente viera el objeto que llevaba en su mano izquierda, continúo hablando.
—Lo que te voy a regalar es el amuleto de tu destino.
—¿El amuleto de mi destino? —preguntó sorprendida Ruth.
—Sí querida, siempre que lo lleves puesto, tú y solo tú, serás la dueña de tu vida. Es el poder que le da a su portador. Con este amuleto, tú decidirás tu propio destino. ¡Tómalo! —La anciana abrió por fin su mano y le ofreció la esmeralda que tanto le había gustado a Ruth. No sabía cómo lo había hecho, pero ahora la piedra colgaba de una cinta de cuero para colocársela sobre el cuello—. Te colmará de amor incondicional, te ayudará a perdonar sinceramente y la compasión reinará en tu vida. Y recuerda, pide un deseo sincero, el que realmente quieres que aparezca en tu destino y se hará realidad. Pero ten mucho cuidado pues no habrá retroceso en tu decisión.
Ruth la miraba con pánico, no por miedo a la anciana, ella le había demostrado su bondad y preocupación, sin embargo, le aterrorizaba lo que sabía que tarde o temprano le confesaría. Apretó el amuleto entre sus manos y le agradeció el detalle que había tenido con ella. No entendía mucho lo que le había dicho sobre el amuleto de su destino, pero lo único que quería en ese momento era salir corriendo.
—Muchas gracias señora —dijo levantándose, intentando evitar la conversación.
—Aún no he terminado de hablar y lo sabes. En lo más profundo de tu ser tienes miedo. Intuyes que lo que te voy a decir es verdad y que cambiará radicalmente tu vida.
—¿Antonio me engaña? —Las palabras escaparon de su boca sin poder detenerlas. La señora cerró los ojos y cuando los volvió a abrir, asintió convencida. —¡Eso no puede ser verdad!
Ruth apretó fuerte el amuleto en su mano izquierda sin dejar de negar con la cabeza, se levantó la falda un poco con su mano derecha para no tropezar y corrió desesperadamente sin mirar atrás.
—¡Volveremos a vernos! —dijo la anciana con una sonrisa en los labios justo antes de ver a Ruth desaparecer.
Aquella anciana le había revelado lo más doloroso a lo que había tenido que enfrentarse a lo largo de su vida, lo que había intentado ocultarse a sí misma durante meses. Ahora sólo quedaba comprobarlo con sus propios ojos. Y lo iba a hacer, por supuesto que sí.
Sabía dónde encontrar a su marido, no era la primera vez que lo seguía, pero aquella noche a diferencia de las demás, sí tendría valentía para entrar y desenmascarar aquella mentira.
La anciana había cambiado su vida, la había llenado de fuerza para ser la dueña de su destino y aquella misma noche, lo iba a llevar a cabo. Nada podía pasarle. Ella tenía en su mano izquierda lo que necesitaba.
—El amuleto de mi destino —susurró con lágrimas en los ojos creyendo ciegamente en las palabras de la anciana.
Casi sin aliento, llegó a su casa, entró a la cochera y sus sospechas se confirmaron: el coche de su marido no estaba allí. Se montó en el suyo, arrancó y sin dudarlo, se dirigió a comprobar lo que la mujer del amuleto le había revelado.
Veinte minutos después, llegó a un club al que, en varias ocasiones, había seguido a Antonio. Ella siempre había querido pensar que sólo iba allí a tomar unas copas, pero no podía seguir creyendo en esa mentira. <<Se acabó. No se va a reír más en mi cara.>>
Con el corazón a mil por hora, Ruth estacionó en el aparcamiento y examinó, uno a uno, los coches que había en él. Por cada coche que veía y no era el de su marido, respiraba algo más aliviada y era un peso que se quitaba de encima, hasta que descubrió el BMW X4 gris de Antonio, perfectamente estacionado y las toneladas que anteriormente se había ido quitando, le cayeron duplicadas sobre su cabeza.
Con el corazón acelerado y tambaleando por la flojera que sentía en sus extremidades inferiores, se acercó un poco más hasta que vio algo que la hizo clavarse en el suelo, inmovilizándola por completo, mientras ríos de lágrimas inundaban sus mejillas. <<No puede ser cierto. Estoy soñando y en segundos despertaré.>> Pero lo que estaba viviendo era real, no producto de un mal sueño.
Su marido, recostado sobre el capó del coche, disfrutaba de la felación que le estaba haciendo una morena, vestida con un cinturón largo como falda y un top que difícilmente le tapaba el pecho. ¿Cómo podía traicionarle de aquella manera?
Ruth se llevó las manos a la cara en el momento en el que otra mujer, esta vez rubia, se acercaba al lugar donde su marido y la morena estaban dando semejante espectáculo y con una pasión que jamás había tenido con ella, Antonio besó a la recién llegada. Un grito desgarrador escapó de la garganta de Ruth, deteniendo en seco al trío de amantes que hasta ese momento disfrutaban de la lujuria, ajenos a aquellos ojos que, muy dolorosamente, descubrían la traición.
Su marido, su Antonio, al único que había amado en toda su vida y al que le había entregado todo de ella, la había engañado, clavándole un puñal en el corazón, hiriéndola de muerte para siempre.
Ruth emprendió una carrera sin retroceso hacia su coche. Antonio, desesperado, gritaba que se detuviera pero era inútil. Ella ya estaba montada en el coche y lo había arrancado para desaparecer de aquel infierno. Antonio se colocó delante del coche de su mujer con lágrimas en los ojos, rogándole una oportunidad para explicárselo todo, sin embargo Ruth no quería escucharlo.
—Ruth esto tiene una explicación. Por favor, déjame dártela —suplicó recostado sobre el capó del coche de su esposa.
—No hay nada que explicar. ¡Apártate! —gritó furiosa asustando a Antonio, nunca la había visto tan enfadada.
—Necesito que me escuches. Baja del coche y hablemos.
Pero Ruth no estaba dispuesta a darle ninguna oportunidad, no había justificación para lo que había visto minutos antes. La mujer amenazó con acelerar aunque eso conllevara llevárselo a él por delante y a éste no le quedó más remedio que echarse a un lado y dejarla marchar.
Las dos mujeres que un rato antes acompañaban a Antonio se acercaron a él para consolarlo, pero con rabia las apartó, fue directo a su coche y siguió a su esposa. Era consciente de su gran error y sabía que ya no había marcha atrás.
Ruth llegó a su domicilio y con torpeza aparcó el coche en la puerta. Entró a su casa y cerró la puerta dejando la llave dentro de la cerradura, bloqueando así la entrada desde fuera, para que su marido no pudiera entrar cuando llegara. Fue al armario de Antonio y lo vació por completo con enfado, con rabia, y muy a su pesar, con asco y odio, sin poder apartar de su mente la desagradable imagen que había presenciado minutos antes.
<<Yo Antonio, te quiero a ti Ruth como legítima esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza; todos los días de tu vida.>>
La promesa que su marido le hizo el día de su boda, golpeaba con fuerza en su memoria, sacudiendo todo su interior, sintiendo un vacío que muy difícilmente volvería a llenarse.
<<Todo era mentira. Mi matrimonio ha sido una farsa.>> Ruth no podía detener las lágrimas mientras tirada en el suelo, maldecía al hombre que acababa de romperle el corazón.
Cuando Antonio llegó a su casa e intentó abrir la puerta, se encontró con que estaba bloqueada. El silencio de la noche fue roto por su llanto de arrepentimiento.
—Por favor, mi amor, ábreme la puerta. Necesito explicártelo todo.
<<Mi amor>>, dos palabras que Ruth llevaba meses necesitando escuchar y llegaban en el peor momento, en el menos indicado y en el que todo ya había terminado.
Antonio volvió a llamar a su mujer y ésta volvió a ignorarlo tirada en el suelo entre toda su ropa, aspirando el olor de cada una de sus prendas, intentando aborrecer aquel aroma que tan feliz la había hecho durante años.
Enfurecida se levantó, abrió la ventana y Antonio fue envuelto en una lluvia de su propia ropa, acompañada de una tormenta de insultos de boca de la que, hasta hacía unas horas, había sido su esposa.
—Desaparece de mi vista, malnacido. No quiero volver a saber nada más de ti. ¡Te odio! —gritó con rabia Ruth y sin darle tiempo a reaccionar, cerró la ventana, dejando a su esposo en la calle, de rodillas sobre toda su ropa, suplicándole una nueva oportunidad que definitivamente, jamás le daría.
Tras varias horas llorando, tumbada sobre el lado de la cama de su esposo, fue consciente de que no había soltado el amuleto en todo el rato. Se levantó de la cama y se enfrentó a su yo, al que había al otro lado del espejo. Ni ella misma se reconocía. Tenía los ojos irritados de tanto llorar, rodeados de unas marcadas ojeras y su nariz estaba hinchada y colorada. Se colocó su amuleto alrededor del cuello y anudó el cuero del que colgaba la esmeralda.
Recordó las palabras de la anciana una vez más: <<Y recuerda, pide un deseo sincero, el que realmente quieres que aparezca en tu destino y se hará realidad.>>
Sabía cuál era su deseo, lo tenía muy claro y sin esperar más, apretó con fuerza la esmeralda entre sus dos manos y susurró con los ojos cerrados:
“Deseo volver a ser feliz y conocer al verdadero amor de mi vida.”
Cuando abrió los ojos se sorprendió al ver la esmeralda que colgaba de su cuello, iluminada con una luz brillante que duró unos segundos y después se desvaneció. ¿Qué significaba aquello?
<<Nada, no significa nada. ¿Cómo he sido tan tonta de creer que una piedra cambiaría mi vida? Todo sigue igual. La anciana también se ha burlado de mí.>>
Desilusionada y envuelta en lágrimas nuevamente, se acostó en su cama. Durante horas maldijo a su marido por haber tirado a la basura toda una vida juntos. Años de confianza, de amor, de compañía y de cariño. Años en los que nunca faltó nada en el hogar que voluntariamente, habían decidido construir juntos. Vencida por el sueño, Ruth se quedó dormida cuando ya estaba amaneciendo.
Entre sueños, volvió a ver a la anciana que le regaló el amuleto para recordarle una sola frase:
<<Solo tú eres la dueña de tu destino, que tu deseo sea la llave para tu nueva vida.>>

¿Qué os ha parecido el prólogo? 
¿Os habéis quedado con ganas de saber más? 
Me encantaría conocer tu opinión...


sábado, 16 de mayo de 2015

ENTREVISTANDO A... PATRICIA LÓPEZ DE "LOS LIBROS DE PAT"

¡Hola mis Destinad@s! 

Esta semana estamos estrenando sección "Una reseña, un blog" y el blog colaborador de esta semana es "Los libros de Pat" de Patricia López. Estamos acostumbrados a que sean los autores los entrevistados y me parece que también es interesante que conozcamos mejor a quién se esconde detrás de nuestro Blogs favoritos, a los que recurrimos para conocer noticias, opiniones o novedades literarias. Por ese motivo, hoy quiero compartir con vosotros una charla muy entretenida que tuve, hace unas horas, con Patricia. 

Alma: ¡Hola Patricia! Antes de comenzar quiero darte las gracias por haberme dado la oportunidad de hablar contigo un ratito.

Patricia: ¡¡Gracias a ti!! Estoy super ilusionada y encantada de estrenar esta nueva sección de tu blog. ¡Y de ser entrevistada por ti!

Alma: ¿Comenzamos?

Patricia: ¡Adelante!

Alma: Sé que tu blog cuenta con un número importante de seguidores, pero para todos aquellos que aún no lo conocen, ¿cómo lo definirías en pocas palabras?

Patricia: Es un blog divertido, hecho con mucho cariño y donde van a encontrar recomendaciones de novelas románticas y eróticas.

Alma: ¿En qué consiste exactamente el trabajo de un blogger? Sabemos que muchos lo ven como una afición, pero eso no quita que llevar un blog sea algo a lo que se le tiene que dedicar tiempo y esfuerzo. ¡Vamos un trabajo en toda regla!

Patricia: Jajaja... La verdad es que cuando lo abrí, pensaba que no llevaría tanta faena, pero la verdad es que conlleva mucho tiempo y dedicación, ya que no es solo hacer una reseña y ya está. Es corregirla, también estar al tanto de las novedades y compartirlas, hacer sorteos, que por cierto, próximamente habrá uno y espero que participéis todos... En fin, aunque lleve faena, a mi me encanta compartir con todos lo que más me gusta, la lectura.

Alma: Ya que mencionas el momento en el que abriste el blog, ¿qué te motivó a querer compartir con los demás tu opinión sobre tus lecturas?

Patricia: Pues mira, llevaba tiempo leyendo como si no hubiera un mañana y para elegir mi próxima lectura, aunque algunos libros me compran con la portada, veía blogs y los comentarios de Amazon, que me terminaban de convencer, y pensé que seria buena idea compartirlo yo también con los demás. ¡Y aquí estoy!

Alma: Pues es un gran acierto, porque todos en algún momento hemos tenido dudas sobre si comprar un libro o no y finalmente, lo que nos acaba de convencer, son los comentarios que tiene la novela. Además, muchas veces, no conocemos un libro y gracias a vuestras recomendaciones, descubrimos una gran historia o un autor desconocido para nosotros. ¿Eres consciente de lo mucho que los bloggers nos ayudáis tanto a lectores como a escritores?

Patricia: Pues la verdad al principio no, lo hacia como hobby y un poco a lo loco y no pensé en eso. Pero ahora sí y si compartiendo mi reseña con mis seguidores y en grupos de Facebook os ayudo, estoy más que encantada.

Alma: ¿Sigues algún orden específico para tus lecturas o las vas eligiendo sobre la marcha, lo que te vaya apeteciendo en cada momento?

Patricia: Antes era lo que me iba apeteciendo, pero ahora colaboro con varias editoriales y algunas escritoras me envían sus libros y entonces, voy alternando un poco. Pero cuando sale un libro de una escritora que me gusta mucho, no me puedo esperar jijiji.

Alma: ¿Te has planteado alguna vez cerrar el blog?

Patricia: Noooooo!! Por ahora no, con lo que me ha costado decidirme a abrirlo jijiji.

Alma: Jajaja, veo que lo tienes claro... ¡Mejor!, así podremos seguir disfrutando de tus reseñas. Una pregunta que quizás en los últimos tiempos se ha convertido en un tópico... ¿libro en papel o en digital?

Patricia: Pues sinceramente no hay nada como el olor de un libro y pasar las paginas y después dejarlo en mi estantería, pero la verdad es que mi kindle es genial y super cómodo, así que me quedo con los dos.

Alma: ¿Crees que la novela romántica está en su mejor momento?

Patricia: Desde luego, tanto la romántica como la erótica, aunque hay mucha gente que lo vea como si los lectores de estos géneros fuésemos "bichos raros" o "frikis".

Alma: Jajaja la verdad es que sí, aunque cada vez tenemos menos tabúes y estamos más abiertos a este tipo de novelas. Y por último, quiero preguntarte algo sobre mi novela. Sé que es una pregunta difícil porque lo leíste hace varios meses... Un personaje y una situación, ¿con cuál te quedarías?

Patricia: Personaje, me quedo con Adán y situación, no podría decirte una con exactitud, pero sí que me encantó esta historia donde el destino los junta. Me encantan las novelas donde por casualidades de la vida hay reencuentros, como ocurre en tu libro.

Alma: Muchas gracias por haberme dedicado un rato de tu tiempo y ha sido un placer hablar contigo.

Patricia: Muchas gracias a ti por hacerme la entrevista, cuando hice el blog ni mucho menos imaginé que me harían una entrevista y menos todavía una escritora, así que me ha hecho mucha ilusión... ¡¡Mil gracias Alma Gulop!!!

¿Dónde podemos saber más acerca de Patricia y su blog? Apunta bien los siguientes enlaces...



¿Qué os ha parecido la entrevista? ¿Tenéis alguna otra pregunta que os gustaría hacerle a Patricia? Déjala más abajo y te contestará en cuanto pueda...

¡¡¡BESOTES!!!

viernes, 24 de abril de 2015

MI BELLO DURMIENTE


PARTE 1 

¡Hoy hace un mes!  
Un largo mes desde que cerraste tus ojos, privándome de la intensidad de tus castaños ojos y despojándome de la única mirada que ha conseguido hacerme vibrar. Un horrible mes desde que tus labios quedaron sellados, enmudeciendo a la dulce voz que tanto necesito volver a escuchar e impidiéndome disfrutar de la mágica risa que cada día llenaba mi corazón.  
Treinta días de pesadilla en los que no he parado de maldecir aquella fatídica noche en la que nuestras vidas cambiaron, haciendo que la cruel desilusión vaya ganando la batalla contra la frágil esperanza. Pero todo en esta vida no es como empieza, más bien es como acaba y no importa quien gane una batalla cuando el único vencedor será quien consiga la victoria en la guerra. 
No hay día en el que no me sienta culpable del accidente que te tiene postrado a esta puta cama de hospital. Yo te pedí viajar, montarnos en ese coche que nos llevó hacia un camino sin retroceso, una meta a la que nadie quiere llegar, una desgracia compartida... 
¡Maldita la hora en que decidiste complacer todos mis caprichos! Daría mi vida entera por estar en tu lugar. Por impedir tu desvanecimiento. Por ser yo la que permaneciera muerta en vida. 
Pero después de un mes sin poder disfrutarte, luchando contra todo pronóstico y enfrentándome a quien sea por ti, es hora de volver a retomar nuestra vida pasada. No sirve de nada lamentarse, cuando el mal ya está hecho. Es mejor no mirar atrás, porque estamos perdiéndonos las hermosas vistas que tenemos de frente. Aunque caigamos mil veces, hay que aprender a levantarse mil y una.  
Tú, con tu lucha constante por seguir viviendo, me has enseñado muchas más cosas que la vida misma en mis treinta años y faltarán días de mi existencia para agradecerte todo lo que has hecho por mí. Despierto o durmiendo. Viviendo o soñando. Naciendo o muriendo. 
Hoy, después de treinta días de angustia, he tomado una decisión. Porque te necesito como al aire que respiro. Porque me haces tanta falta como los latidos a mi frágil corazón. Porque me urge volver a sentirte mío. Entera y solamente mío.  
Y aquí estoy, mi amor, anhelándote, extrañándote y necesitándote con la misma intensidad que el primer día que te conocí. Porque deseo fundirme en ti como las olas al mar, como las estrellas al firmamento y como los planetas a su órbita. Porque te amo y no hay fuerza en el mundo que pueda detener lo que siento por ti. 
Porque si tú no te unes a mí, yo lo haré a ti, mi bello durmiente... 

PARTE 2 
Hoy he pedido a todos los médicos y enfermeros del hospital unas horas a solas contigo, sin interrupciones. Una tregua en esta lucha constante, para llevar a cabo lo último que me queda por hacer. Por ti, por mí, por nosotros. Después de esto solo me quedará seguir rogando para que vuelvas a abrir tus preciosos ojos algún día. 
Me he puesto el picardías rojo con encaje negro que tanto te gusta y he comprado una liga negra que he colocado sobre mi muslo derecho, justo en el lugar donde empieza mi fruto prohibido. Censurado para todos, menos para ti. Es tuyo, siempre lo ha sido y eso nunca va a cambiar. Pase lo que pase. 
Acerco mis labios a los tuyos y te beso con desesperación. Incito a tu boca para que me acepte y abro tus labios con mi sedosa lengua. Vuelvo a deleitarme con tu dulce sabor y exploro cada rincón de tu boca, recordando todas las veces que me he perdido en ella. ¡Y por fin sucede! Nuestras lenguas se abrazan y se miman con ansia y amor. Si tenía alguna duda de lo que estoy a punto de hacer, se acaba de disipar por completo. Te deseo y quiero volver a sentirme completada por ti. 
A horcajadas me coloco sobre ti y con delicadeza te quito el frio pijama de hospital, besando cada centímetro de tu cuerpo que va quedando desnudo. Justo así te necesito. Exactamente cómo te quiero en este momento. 
Paseo las yemas de mis dedos por tu cuello y noto como tu piel se eriza a mi tacto. Una sonrisa se adueña de mi cara y las ganas de poseerte se apoderan de mí.  
Desciendo mis caricias hasta tus pectorales y me entretengo trazando pequeños círculos sobre tus marrones pezones que responden a mis dedos, pidiéndome más. Mucho más.  
¡Tranquilo porque esto no ha hecho nada más que empezar! te digo poseída por la lujuria. 
Poso mis labios sobre tu cuello y con la punta de mi juguetona lengua, bajo suavemente hasta tus pezones. Los succiono y mordisqueo con pasión y un relámpago de placer usurpa la parte baja de mi estómago, como si las caricias las estuviera recibiendo yo en mi propio cuerpo.  
Me deleito con el salado sabor de tu cuerpo que ha comenzado a sudar levemente. El calor se adueña de tu cuerpo y el mío esta hirviendo en este momento. Enloquecida, me desnudo lentamente, quitándome la ropa con una sensualidad digna de una musa. Tienes los ojos cerrados, pero sé que me estás viendo. Me estas sintiendo con el corazón y eso es más que suficiente. 
Cierro los ojos yo también e imagino sus fuertes manos recorriendo mi cuerpo con posesión, marcando el territorio con tu exquisita lengua. Te entretienes en mi depilado monte de Venus, trazando círculos con tu lengua en mi hinchado clítoris para segundos después, introducir uno de tus dedos en mi vagina.  
Mientras sueño con los ojos cerrados y voy detallándote cada una de mis fantasías, pego el interior de mis muslos a tu entrepierna y lo que descubro me hace abrir los ojos sorprendida.  
¡Tu pene está empezando a alzarse provocativamente! La esperanza vuelve a invadirme y el deseo y la excitación se hacen más notables. Agarro tu verga con fuerza y deslizo mis manos a lo largo de su longitud, de abajo hacia arriba y de arriba abajo. Con la mano que me queda libre, presiono el botón de mi vagina reiteradas veces hasta que la humedad se vuelve insoportable. Siento que voy a explotar en cualquier momento pero no quiero hacerlo sola. Necesito que los dos estallemos a la vez en un orgasmo que nos llene de ilusión. 
¡Estás excitado! Lo noto en tu virilidad que se muestra altiva ante mí. Estas preparado y yo también. Por lo tanto, ¡no vamos a esperar más! 
Alzo mis caderas, me coloco sobre ti y poco a poco, me siento nuevamente. Noto como mi vagina se adapta a ti y te abraza palpitante, mis paredes interiores laten con fuerza, atrapándote como hace días que llevo necesitando. Me hundo en ti una, dos, tres y hasta infinitas veces, sintiendo como el fuego nace dentro de . ¡Me abraso!  
Mi corazón se acelera y mi respiración se vuelve jadeante. Los gemidos amenazan con escaparse de mi boca y los ahogo con un tórrido beso a tus labios, algo que me activa mucho más. Muevo mis caderas enérgicamente mientras busco nuestro placer, el éxtasis está a punto de invadir nuestros cuerpos. Noto como tu pene se agranda aún más en mi interior, invadiendo partes que yo creía imposibles de completar. Tu respiración agitada se hace notable por primera vez en este mes y tu pecho sube y baja con energía, con elegancia, con vitalidad. 
Tus músculos se tensan bajo mi cuerpo y la sangre se agolpa en mi cabeza, haciéndome perder el control. Cuando siento tu líquido caliente invadiendo mi interior, chocando contra todo lo que encuentra a su paso, mi felicidad se hace eterna. Y con las últimas fuerzas que me quedan, consigo que me invada un desolador orgasmo que me deja traspuesta. 
Caigo sobre tu pecho, exhausta, sintiendo tus latidos en mi mejilla e intentando regular mi respiración. 
Mis lágrimas mojan tu torso desnudo. No sé si es de felicidad por comprobar que aún sientes, de anhelo por necesitarte a mi lado o de rabia por todas las veces que me han dicho que no sobrevivirías. 
Lo único que sé es que, después de este maldito mes, hemos vuelto a ser uno. Solos tú y yo, mi bello durmiente...
PARTE 3 
¡Piiiipiiii! Un molesto ruido me hace despertar de mi magnífico sueño en el que tú y yo éramos los protagonistas indiscutibles. Me he quedado dormida, acurrucada entre tus brazos, disfrutando de la calidez de tu cuerpo, aspirando tu aroma y deleitándome con la suavidad de tu piel. 
¡Piiiipiiiipiiii! La máquina que marca los latidos de tu corazón suena con más intensidad de la habitual y noto como tu cuerpo empieza a convulsionar. El pánico se apodera de mi cuerpo y vuelvo a sentirme como la única culpable de nuestra desgracia. Temo que algo pueda pasarte. Me aterroriza pensar que puedas llegar a abandonarme. Ahora me arrepiento de todo lo que acaba de pasar entre nosotros. Si algo te llega a pasar yo seré la única responsable. 
¡Piiiipiiiipiiii! 
Desesperada abro la puerta y gritó en el pasillo para que tu enfermera venga a ayudarte. Necesitas seguir viviendo. Te agarro la mano con fuerza, pidiéndote perdón por mi imprudencia y rogándote que no me abandones, porque sin ti, estaré perdida. 
La enfermera auxiliar entra apresurada seguida por el doctor. Me obliga a dejarte, a salir de la habitación que ha sido nuestro hogar durante el último mes. Nerviosa camino por el pasillo de la sala de espera, implorando a todos los dioses habidos y por haber que no te aparten de mi vida. Los minutos pasan demasiado lentos e incluso llego a pensar que el tiempo se ha detenido como el más cruel de mis castigos. Tengo miedo, mucho miedo, en cambio necesito saber qué está pasando en el interior de tu habitación.  
Dicen que la falta de noticias es buena noticia, me dice una señora que también se encuentra en la sala. Yo sonrío agriamente. 
Y entonces, el momento que hizo que el mundo se detuviera para nosotros, invade mi mente. Aquel fatídico sábado en el que te pedí que saliéramos a cenar. A ti no te apetecía pero te insistí tantas veces que no pudiste negarte. ¡Siempre te ha encantado complacerme en todo! Una lágrima escapa de mis ojos y mi piel se eriza al instante, recordando el momento en el que tus ojos dejaron de guiar mi vida. Un choque frontal contra otro coche que circulaba a más de la velocidad permitida nos hizo dar varias vueltas de campana y chocar directamente contra un pino. Aún siento un escalofrío al recordar lo que vi cuando por fin pude abrir los ojos: tu hermosa cara llena de sangre e hinchada por el golpe. Un grito desgarrador escapó de mi garganta, acabando con el silencio de la noche. 
El terror vuelve a apoderarse de mi cuerpo y más aún cuando veo aparecer a tu enfermera. Está seria, con el mismo gesto de preocupación con el que entró minutos antes a tu habitación. No consigo descifrar nada, ni bueno ni malo. El silencio se hace incómodo y decido romperlo para preguntar por tu estado. Mi corazón amenaza con salir de mi pecho y el malestar de mi estómago se hace más notable.  
La enfermera se da cuenta de mi estado nervioso y me pide que me tranquilice. Tengo que ser fuerte para entrar en tu dormitorio y solo si controlo los nervios me permitirán pasar. Respiro hondo y me seco las lágrimas con mis temblorosos dedos. La enfermera me acompaña hasta el umbral de la puerta y me deja sola, para que me enfrente a la nueva realidad que me espera a partir de ahora. 
Temerosa, abro la puerta y entro despacio. ¡Mis pies se clavan en el suelo cuando te veo! No sé qué decir, no sé qué hacer, no sé cómo actuar. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. Quiero comprobar que es cierto lo que estoy viendo. Las lágrimas resbalan por mis mejillas con el mismo torrente que un río a punto de desbordarse.  
¡Mi amor, acércate! —Tu voz es casi imperceptible. 
Tus palabras me demuestran que no es un sueño. Sigues vivo y por fin has despertado de esta maldita pesadilla que se ha prolongado por un mes. Tu débil voz me hace despertar contigo. Corro a tu encuentro y me refugio en tus brazos. Pero ahora eres tú quien me abraza casi sin fuerzas, pero eso es más que suficiente para hacerme sentir protegida. 
¡Tú amor me ha devuelto la vida! me susurras en un hilo de voz mientras besas mi dorada cabeza. 
¿Has sentido lo que ha pasado...? No puedo decir nada más, mi voz se rompe en un sollozo incontrolable. 
No lo he sentido, lo he vivido contigo. Te amo, mi pequeña mariposa. 
Escuchar el apelativo que siempre usas conmigo me hace la más feliz del mundo. Yo no digo nada, no hace falta. Acerco mis labios a los tuyos y nos besamos con desesperación y necesidad. Eso es más que suficiente para demostrarte todos y cada uno de mis sentimientos. 
Estás vivo y por fin despierto. La vida nos vuelve a dar una nueva oportunidad. Hemos vuelto a nacer y yo lo celebro dándote un banquete de caricias y mimos.  
Porque a partir de hoy, ya nunca volverás a ser... 
Mi bello durmiente.