domingo, 8 de marzo de 2015

LEJOS



(Dedicado para todas las personas que se ven obligadas a buscarse la vida lejos de sus seres queridos que, lamentablemente, cada día son más)

Llega el momento más difícil de mi vida. Una punzada de tristeza recorre todo el interior de mi cuerpo, desde arriba abajo. Ha llegado la hora de enfrentarme a la decisión más dolorosa que he tomado alguna vez. ¡Y ya no hay marcha atrás!
Meto en una maleta toda la ropa que necesitaré para mi viaje, pero eso no es lo que realmente duele. Mi corazón se desgarra cuando entre cada prenda voy guardando uno a uno, todos mis recuerdos. Los momentos alegres de mi vida, esos en los que me he sentido feliz y que ahora me ayudarán a ser fuerte para poder luchar cada día.
Y sin querer, aparece ella en mi mente, mientras que un nudo de emociones se adueña de mi estómago y las lágrimas inundan mis mejillas sin poder detenerlas. Desde que forma parte de mi vida, nunca nos hemos separado y esta decisión se vuelve aún más complicada. Ella es mi principal motivo y sé que aunque duela, todo lo hago por su bienestar.
Debo viajar lejos, a otro país, a miles de kilómetros de mi hogar con el único objetivo de conseguir el dinero necesario para que a ella no le falte de nada. Porque mientras yo viva, ella crecerá como una reina. Mi reina particular.
Las dudas se apoderan de mí cuando pienso que estaré dos meses lejos de ella, sin poder tocar su angelical rostro, sin escuchar su preciosa risa ni su parloteo continuo, sin besar sus suaves mejillas y sin poder despedirme de ella cuando vaya a cerrar sus ojitos cada noche. Imaginar esto me destroza el alma y siento como mi respiración se vuelve más irregular.
Mi interior se va desvaneciendo cuando caigo en la cuenta de que voy a perderme dos meses de la vida de la persona que más he amado y amaré nunca... mi hija.
Lejos, estaré muy lejos de ella. Anhelándola, necesitándola y recordándola cada segundo de mi día a día. Algunos me tacharán de abandonarla, otros criticaran mi decisión, pero nadie mejor que yo sabe lo mucho que me está costando marcharme de su lado.
Me seco unas lágrimas traviesas, cojo la foto de mi pequeña princesa, la beso con tristeza y la meto en mi maleta. Ahora sí lo tengo todo preparado para marcharme. Sin embargo, me faltará ella.
Mi tristeza no puede ser mayor. Mi corazón se ha partido en dos. Una mínima parte me acompañará en este amargo viaje y el resto, se quedará junto a mi niña. Cuidándola, protegiéndola y amándola como solo una madre y un padre saben hacer. Un amor sin medida, sin condiciones, sin pretensiones. Un amor verdadero.
Ojalá pudiera llevarla conmigo, o mejor aún, ojalá nunca hubiera tenido que tomar esta maldita decisión. La misma que deben elegir miles de personas que se encuentran en la misma situación, viéndose obligados a abandonar su hogar y a su familia con el firme propósito de buscarse la vida.
Todo sería más fácil teniendo un trabajo aquí, pero la vida te pone obstáculos y solo tú puedes decidir si saltarlos o esperar una infinidad de tiempo hasta que desaparezcan de tu camino. Yo los voy a saltar, porque cuanto antes los supere, antes podré regresar a su lado.
Entro a su dormitorio y la observo dormir como un precioso angelito del cielo. Agarro su mano pequeñita y la acaricio con amor. Hasta que ella nació, no sabía que se podía querer con tanta intensidad, incluso más que a mi propia vida, pero con solo mirarla un segundo, sé que ella lo es todo para mí.
Me acerco a su rostro redondeado y beso su castaña cabecita, peino con mis dedos sus adorables rizos y vuelvo a besarla con cuidado de no despertarla. Aspiro su olor una y otra vez, pero no es necesario grabarlo en mi memoria pues ese aroma es mi preferido desde el día que nació. Me seco las lágrimas que apenas me dejan ver, le doy un último beso a mi pequeña y abandono su dormitorio.
¡Hasta dentro de dos meses mi princesa revoltosa! Te quiero y te llevo en mi corazón, cada minuto de mi vida y cada segundo de mi existencia. Aunque estemos lejos.

Muy lejos.


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