lunes, 24 de agosto de 2015

PRÓLOGO EL AMULETO DE MI DESTINO

¡¡¡Buenas noches mis Destinadas!!!

Hoy, aprovechando que es 24 de agosto, "Día del Lector", me apetece compartir con vosotros, mis Lectores, el prólogo de mi segunda novela, titulada "El amuleto de mi destino", una historia que terminé hace exactamente 7 meses y que creo que va siendo hora de que vayáis conociendo detalles de ella... Espero que este adelanto os deje con un buen sabor de boca :)

Prólogo

Septiembre de 2013…

¡El día había llegado! Aquella noche empezaba la feria medieval, la fiesta más especial para la gran mayoría de los habitantes del barrio de Madrid en el que vivía Ruth. Durante todo el año, la mujer esperaba con ansias la llegada de esos días que ella definía como mágicos. Le encantaba disfrazarse con trajes típicos de la época, participar en todas las actividades y pasear por el mercado medieval. Había diversos puestos de productos artesanales y actividades variadas, por lo que el espectáculo estaba asegurado.
Ese año, con la ayuda de su madre Ana, habían confeccionado un traje de doncella que le había enamorado cuando lo vio por Internet. Eso aumentaba, aún más, las ganas de acudir al mercado medieval. Pero ese año sería muy diferente para ella y marcaría un antes y un después en su forma de ver la fiesta.
Aquella tarde, Ruth discutió con su marido Antonio, algo muy habitual en su matrimonio desde hacía varios meses.
—Cariño, hoy comienzan las fiestas medievales —le comentó Ruth a su esposo mientras comían.
—Ya lo sé, llevan todo el mes dando la lata con la dichosa feria. ¿Qué me quieres decir con eso? —preguntó con desgana intuyendo lo que su mujer quería.
—Que no vengas muy tarde esta noche para poder dar una vuelta por el recinto ferial —pidió añadiendo dulzura a su voz.
—Yo no pienso ir, Ruth. Vengo cansado de trabajar y lo que menos me apetece es ir a lo que todos llamáis mercado medieval, que de eso tiene poco —aclaró—, para ver a cuatro payasos disfrazados.
—Antonio, a ti antes te gustaba ir.
—Tú lo has dicho. ¡Antes! —Miró a los ojos de su esposa por primera vez en todo lo que llevaban de comida—. Se ha vuelto monótono, todos los años es lo mismo.
—Yo había pensado que podíamos quedar con nuestros amigos y…
—¡Y nada! —interrumpió a su mujer dando un golpe en la mesa, haciendo que se derramase parte de la sopa del plato de Ruth—. ¡He dicho que no! Déjame comer tranquilo.
—Pero yo quiero ir Antonio. Llevo meses cosiéndome un vestido y no me gustaría guardarlo en el armario sin haberlo estrenado siquiera —insistió.
—¡Joder, Ruth! Vengo harto de estar toda la santa mañana trabajando para traer algo de dinero a casa y cuando llego, ¿qué me encuentro? A una esposa toca pelotas cuyo único objetivo es fastidiarme con sus caprichos.
—¡No son caprichos y no quiero molestarte! Te comento lo que me apetece, ¿tan mala soy por eso? Somos un matrimonio y la comunicación es primordial. —Ruth, al ver la actitud negativa de su esposo, perdió la poca paciencia que le quedaba y levantó la voz—. Eres un egoísta que no tienestiempo para salir con tu esposa pero sí lo tienes tpara tomarte unas cervezas con tus amigotes en el bar. ¿Para eso no estás cansado, querido? —preguntó con ironía.
—Está visto que ni a la hora de la comida puedo descansar de tus reproches.  ¡Me voy a la oficina! —Con genio lanzó la servilleta contra su plato aún lleno de sopa y se levantó de la mesa.
—¡Aún no has terminado de comer y tampoco es la hora de que te vayas!
—Me da igual, cualquier lugar es mejor que éste cuando te pones a contradecirme en todo.
—Antonio, no hemos terminado de hablar. No me dejes con la palabra en la boca —gritó furiosa con la voz entrecortada.
Pero ya era demasiado tarde, su marido se había marchado dando un portazo, sin pensar en lo que ella quería. No había ni rastro del marido cariñoso y atento con el que se casó. Con lágrimas en los ojos, recogió la mesa y se tumbó en el sofá durante horas, mientras que los recuerdos felices de su matrimonio invadían su mente.
Eran casi las nueve y Antonio aún no había regresado de trabajar. Hacía ya casi una hora que tenía que haber salido del trabajo. Ruth, hasta ese momento, mantenía la esperanza de que su marido volviera temprano para ir a la feria, pero como era de esperar, eso no sucedió. Se secó las últimas lágrimas que quedaban en sus ojos, pues ya las había agotado todas durante la tarde y tomó una decisión.
—Estoy cansada de hacer siempre lo que él quiera. Me voy yo sola y si se enfada, ya tiene dos trabajos: enfadarse y desenfadarse.
Ruth se dirigió a su armario, sacó su precioso vestido de doncella en color marrón chocolate y beige y se lo colocó. Fue directa al espejo para admirar el resultado de días y noches cosiendo sin cesar y lo que vio le gustó mucho. Estaba realmente preciosa.
El vestido caía hasta sus pies, era de manga larga y acampanada, ajustado en la cintura, rematado con un cinturón de pedrería y tenía un escote cuadrado que ensalzaban sus prominentes pechos. Había alisado su larga y dorada melena y había colocado alrededor de ella una cinta de la misma tela que el vestido.
<<En otra época, Antonio no se cansaría de decirme lo hermosa que estoy. ¡Cómo echo de menos al hombre del que me enamoré! ¡Ha cambiado tanto!>>
Un nudo de emociones volvió a hacer acto de presencia en su estómago pero con decisión lo deshizo antes de que llegara a sus ojos. Respiró profundo y se propuso olvidarse de todo  para poder disfrutar de la noche.
Durante horas, Ruth paseó por el mercado acompañada de varias amigas que se encontró por el recinto, asistió a una exhibición de danza del vientre, acudió a un musical de una preciosa historia de amor y acompañó a los actores de teatro de calle en su pasacalle nocturno. Cuando la gente del mercado empezó a dispersarse y los comerciantes comenzaron a recoger sus puestos, se fijó en la hora que era y se sorprendió al percatarse de lo rápido que había pasado el tiempo.
<<Antonio debe estar furioso. Me he salido de casa sin decirle nada, son las dos de la madrugada y aún no he vuelto. No quiero ni imaginarme el sermón que me espera cuando llegue. Bueno, eso será si está en casa y no ha salido como acostumbra.>>
Estaba a punto de salir por el arco que la hacía volver a la época actual, cuando alguien llamó su atención.
—¡Rubia!  Oye, la que va disfrazada de doncella.
Ruth se giró y sorprendida articuló con sus labios un <<¿yo?>> mudo. La anciana, de cabellos blancos y piel arrugada como una pasa, asintió con rostro angelical.
—¡Acércate Ruth!
Ella lo dudó por unos momentos, pero cuando la anciana pronunció su nombre, se sorprendió caminando hacia ella. <<¿Cómo sabe esta señora como me llamo?>>
 Casi sin darse cuenta, siguió a la mujer al interior de una improvisada habitación con telas de varios colores, dónde había colocadas dos sillas separadas por una mesa de hierro y varios estantes con piedras y amuletos a ambos lados de la estancia. Ruth se quedó fijamente mirando a una piedra de color verde que tenía un tono idéntico al de sus ojos.
—Te gusta, ¿verdad? Es la esmeralda, mi preferida y sé que la tuya también lo es. Lo veo en tus ojos.
Ruth miró confundida a la señora. No entendía que hacía allí sentada, no se acordaba cómo había entrado, era como si una fuerza mayor la hubiera empujado al interior de aquel lugar.
—¿Quién es usted y qué quiere de mí? —preguntó asustada.
—Solo quiero guiarte querida, estás muy pérdida —contestó la anciana muy serena.
—Señora, yo no necesito su ayuda. ¿Por qué debería aceptarla?
—Ahora mismo no eres consciente, vives en la ignorancia, pero si me dejas que te cuente la verdad que no quieres descubrir por ti misma, podrás volver a tomar las riendas de tu vida.
—¿De qué verdad me está hablando? —preguntó enfadada, apretando los puños con fuerza.
—La relación con Antonio, tu marido, no es buena desde hace varios meses. Las discusiones son abundantes en vuestro hogar y las muestras del amor inmenso que os teníais, cada día son menos frecuentes. —Ruth quería interrumpirla, pero estaba tan impresionada por todo lo que le decía la anciana que la dejó hablar—. Él apenas pasa tiempo en casa y tú ya has comenzado a notar que vuestro matrimonio no está bien y lo que es peor, sabes que vuestro amor se está escapando por una ventana que cada día es más difícil de cerrar. Tú no eres feliz y está en tus manos cambiar tu destino.
La sorpresa de la joven era mayúscula, ¿cómo podía saber aquella señora tantas cosas de su vida? Todo lo que había dicho era cierto. No era feliz, ya no.
<<Antonio ha cambiado demasiado en los últimos meses. Desde que perdimos al bebé que estábamos esperando con muchísima ilusión, él no ha vuelto a ser el mismo.>>
De los ojos de Ruth comenzaron a brotar lágrimas como puños. La anciana la dejó desahogarse, era necesario para que pudiera seguir escuchándola. Le tendió un pañuelo de seda y Ruth lo aceptó confundida pero a la vez agradecida. Por fin alguien comprendía como se había sentido durante meses.
Nunca había creído en las adivinas, para ella eran charlatanas que hablaban sin saber y que si acertaban, era de casualidad. Pero aquellas revelaciones que le estaba haciendo la anciana no podían ser fruto de la casualidad. <<Demasiadas coincidencias.>>
—Veo en tus ojos que tienes un alma trasparente —la anciana interrumpió sus pensamientos—, llena de bondad y no te mereces todo lo que está sucediendo a tus espaldas. No debería ser yo quién te lo diga, pero tus ojos me lo están suplicando.
A Ruth le sudaban las manos por los nervios, el corazón amenazaba con salirse de su pecho y las lágrimas volvieron a hacer acto de presencia. Tenía miedo de que aquella mujer en la que había comenzado a confiar le revelara lo que más temía.
—Pero antes de decírtelo quiero entregarte algo.
La adivina se levantó, fue al estante de los amuletos y decidida, escondió algo entre sus manos. Volvió a su silla y sin dejar que la joven que tenía enfrente viera el objeto que llevaba en su mano izquierda, continúo hablando.
—Lo que te voy a regalar es el amuleto de tu destino.
—¿El amuleto de mi destino? —preguntó sorprendida Ruth.
—Sí querida, siempre que lo lleves puesto, tú y solo tú, serás la dueña de tu vida. Es el poder que le da a su portador. Con este amuleto, tú decidirás tu propio destino. ¡Tómalo! —La anciana abrió por fin su mano y le ofreció la esmeralda que tanto le había gustado a Ruth. No sabía cómo lo había hecho, pero ahora la piedra colgaba de una cinta de cuero para colocársela sobre el cuello—. Te colmará de amor incondicional, te ayudará a perdonar sinceramente y la compasión reinará en tu vida. Y recuerda, pide un deseo sincero, el que realmente quieres que aparezca en tu destino y se hará realidad. Pero ten mucho cuidado pues no habrá retroceso en tu decisión.
Ruth la miraba con pánico, no por miedo a la anciana, ella le había demostrado su bondad y preocupación, sin embargo, le aterrorizaba lo que sabía que tarde o temprano le confesaría. Apretó el amuleto entre sus manos y le agradeció el detalle que había tenido con ella. No entendía mucho lo que le había dicho sobre el amuleto de su destino, pero lo único que quería en ese momento era salir corriendo.
—Muchas gracias señora —dijo levantándose, intentando evitar la conversación.
—Aún no he terminado de hablar y lo sabes. En lo más profundo de tu ser tienes miedo. Intuyes que lo que te voy a decir es verdad y que cambiará radicalmente tu vida.
—¿Antonio me engaña? —Las palabras escaparon de su boca sin poder detenerlas. La señora cerró los ojos y cuando los volvió a abrir, asintió convencida. —¡Eso no puede ser verdad!
Ruth apretó fuerte el amuleto en su mano izquierda sin dejar de negar con la cabeza, se levantó la falda un poco con su mano derecha para no tropezar y corrió desesperadamente sin mirar atrás.
—¡Volveremos a vernos! —dijo la anciana con una sonrisa en los labios justo antes de ver a Ruth desaparecer.
Aquella anciana le había revelado lo más doloroso a lo que había tenido que enfrentarse a lo largo de su vida, lo que había intentado ocultarse a sí misma durante meses. Ahora sólo quedaba comprobarlo con sus propios ojos. Y lo iba a hacer, por supuesto que sí.
Sabía dónde encontrar a su marido, no era la primera vez que lo seguía, pero aquella noche a diferencia de las demás, sí tendría valentía para entrar y desenmascarar aquella mentira.
La anciana había cambiado su vida, la había llenado de fuerza para ser la dueña de su destino y aquella misma noche, lo iba a llevar a cabo. Nada podía pasarle. Ella tenía en su mano izquierda lo que necesitaba.
—El amuleto de mi destino —susurró con lágrimas en los ojos creyendo ciegamente en las palabras de la anciana.
Casi sin aliento, llegó a su casa, entró a la cochera y sus sospechas se confirmaron: el coche de su marido no estaba allí. Se montó en el suyo, arrancó y sin dudarlo, se dirigió a comprobar lo que la mujer del amuleto le había revelado.
Veinte minutos después, llegó a un club al que, en varias ocasiones, había seguido a Antonio. Ella siempre había querido pensar que sólo iba allí a tomar unas copas, pero no podía seguir creyendo en esa mentira. <<Se acabó. No se va a reír más en mi cara.>>
Con el corazón a mil por hora, Ruth estacionó en el aparcamiento y examinó, uno a uno, los coches que había en él. Por cada coche que veía y no era el de su marido, respiraba algo más aliviada y era un peso que se quitaba de encima, hasta que descubrió el BMW X4 gris de Antonio, perfectamente estacionado y las toneladas que anteriormente se había ido quitando, le cayeron duplicadas sobre su cabeza.
Con el corazón acelerado y tambaleando por la flojera que sentía en sus extremidades inferiores, se acercó un poco más hasta que vio algo que la hizo clavarse en el suelo, inmovilizándola por completo, mientras ríos de lágrimas inundaban sus mejillas. <<No puede ser cierto. Estoy soñando y en segundos despertaré.>> Pero lo que estaba viviendo era real, no producto de un mal sueño.
Su marido, recostado sobre el capó del coche, disfrutaba de la felación que le estaba haciendo una morena, vestida con un cinturón largo como falda y un top que difícilmente le tapaba el pecho. ¿Cómo podía traicionarle de aquella manera?
Ruth se llevó las manos a la cara en el momento en el que otra mujer, esta vez rubia, se acercaba al lugar donde su marido y la morena estaban dando semejante espectáculo y con una pasión que jamás había tenido con ella, Antonio besó a la recién llegada. Un grito desgarrador escapó de la garganta de Ruth, deteniendo en seco al trío de amantes que hasta ese momento disfrutaban de la lujuria, ajenos a aquellos ojos que, muy dolorosamente, descubrían la traición.
Su marido, su Antonio, al único que había amado en toda su vida y al que le había entregado todo de ella, la había engañado, clavándole un puñal en el corazón, hiriéndola de muerte para siempre.
Ruth emprendió una carrera sin retroceso hacia su coche. Antonio, desesperado, gritaba que se detuviera pero era inútil. Ella ya estaba montada en el coche y lo había arrancado para desaparecer de aquel infierno. Antonio se colocó delante del coche de su mujer con lágrimas en los ojos, rogándole una oportunidad para explicárselo todo, sin embargo Ruth no quería escucharlo.
—Ruth esto tiene una explicación. Por favor, déjame dártela —suplicó recostado sobre el capó del coche de su esposa.
—No hay nada que explicar. ¡Apártate! —gritó furiosa asustando a Antonio, nunca la había visto tan enfadada.
—Necesito que me escuches. Baja del coche y hablemos.
Pero Ruth no estaba dispuesta a darle ninguna oportunidad, no había justificación para lo que había visto minutos antes. La mujer amenazó con acelerar aunque eso conllevara llevárselo a él por delante y a éste no le quedó más remedio que echarse a un lado y dejarla marchar.
Las dos mujeres que un rato antes acompañaban a Antonio se acercaron a él para consolarlo, pero con rabia las apartó, fue directo a su coche y siguió a su esposa. Era consciente de su gran error y sabía que ya no había marcha atrás.
Ruth llegó a su domicilio y con torpeza aparcó el coche en la puerta. Entró a su casa y cerró la puerta dejando la llave dentro de la cerradura, bloqueando así la entrada desde fuera, para que su marido no pudiera entrar cuando llegara. Fue al armario de Antonio y lo vació por completo con enfado, con rabia, y muy a su pesar, con asco y odio, sin poder apartar de su mente la desagradable imagen que había presenciado minutos antes.
<<Yo Antonio, te quiero a ti Ruth como legítima esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza; todos los días de tu vida.>>
La promesa que su marido le hizo el día de su boda, golpeaba con fuerza en su memoria, sacudiendo todo su interior, sintiendo un vacío que muy difícilmente volvería a llenarse.
<<Todo era mentira. Mi matrimonio ha sido una farsa.>> Ruth no podía detener las lágrimas mientras tirada en el suelo, maldecía al hombre que acababa de romperle el corazón.
Cuando Antonio llegó a su casa e intentó abrir la puerta, se encontró con que estaba bloqueada. El silencio de la noche fue roto por su llanto de arrepentimiento.
—Por favor, mi amor, ábreme la puerta. Necesito explicártelo todo.
<<Mi amor>>, dos palabras que Ruth llevaba meses necesitando escuchar y llegaban en el peor momento, en el menos indicado y en el que todo ya había terminado.
Antonio volvió a llamar a su mujer y ésta volvió a ignorarlo tirada en el suelo entre toda su ropa, aspirando el olor de cada una de sus prendas, intentando aborrecer aquel aroma que tan feliz la había hecho durante años.
Enfurecida se levantó, abrió la ventana y Antonio fue envuelto en una lluvia de su propia ropa, acompañada de una tormenta de insultos de boca de la que, hasta hacía unas horas, había sido su esposa.
—Desaparece de mi vista, malnacido. No quiero volver a saber nada más de ti. ¡Te odio! —gritó con rabia Ruth y sin darle tiempo a reaccionar, cerró la ventana, dejando a su esposo en la calle, de rodillas sobre toda su ropa, suplicándole una nueva oportunidad que definitivamente, jamás le daría.
Tras varias horas llorando, tumbada sobre el lado de la cama de su esposo, fue consciente de que no había soltado el amuleto en todo el rato. Se levantó de la cama y se enfrentó a su yo, al que había al otro lado del espejo. Ni ella misma se reconocía. Tenía los ojos irritados de tanto llorar, rodeados de unas marcadas ojeras y su nariz estaba hinchada y colorada. Se colocó su amuleto alrededor del cuello y anudó el cuero del que colgaba la esmeralda.
Recordó las palabras de la anciana una vez más: <<Y recuerda, pide un deseo sincero, el que realmente quieres que aparezca en tu destino y se hará realidad.>>
Sabía cuál era su deseo, lo tenía muy claro y sin esperar más, apretó con fuerza la esmeralda entre sus dos manos y susurró con los ojos cerrados:
“Deseo volver a ser feliz y conocer al verdadero amor de mi vida.”
Cuando abrió los ojos se sorprendió al ver la esmeralda que colgaba de su cuello, iluminada con una luz brillante que duró unos segundos y después se desvaneció. ¿Qué significaba aquello?
<<Nada, no significa nada. ¿Cómo he sido tan tonta de creer que una piedra cambiaría mi vida? Todo sigue igual. La anciana también se ha burlado de mí.>>
Desilusionada y envuelta en lágrimas nuevamente, se acostó en su cama. Durante horas maldijo a su marido por haber tirado a la basura toda una vida juntos. Años de confianza, de amor, de compañía y de cariño. Años en los que nunca faltó nada en el hogar que voluntariamente, habían decidido construir juntos. Vencida por el sueño, Ruth se quedó dormida cuando ya estaba amaneciendo.
Entre sueños, volvió a ver a la anciana que le regaló el amuleto para recordarle una sola frase:
<<Solo tú eres la dueña de tu destino, que tu deseo sea la llave para tu nueva vida.>>

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