miércoles, 29 de junio de 2016

PRÓLOGO: "DESTINADA A TU AMOR"

¡¡¡Hola Destinadas!!!

Cómo os prometí, y lo prometido es deuda, aquí os dejo el prólogo de "Destinada a tu amor", la historia de Irene y Jack, secundarios de "El amuleto de mi destino"... Espero que os guste y estaré deseando leer vuestros comentarios, más abajo de esta entrada... :)

(((((MUY IMPORTANTE: Todos aquellos que no hayan leído "El amuleto de mi destino", abstenerse de leer este prólogo pues puede revelar datos importantes de la historia anterior)))))

Prólogo
Irene aún no se lo podía creer. Estaba viviendo su particular cuento de hadas y temía despertar de un momento a otro. De la noche a la mañana, su familia y ella habían pasado de vivir en una humilde casa, estropeada por el paso del tiempo, a contar con varias propiedades, entre ellas, una preciosa mansión en Londres, una ciudad que siempre había querido visitar. Su padre, un humilde herrero y dueño de un pequeño taller, había heredado el condado de Lendmunt debido a la repentina muerte de un primo lejano suyo y todos estaban impresionados por aquella triste y a la vez, sorprendente noticia. No se alegraban de la muerte del difunto conde, por supuesto que no, pero sí agradecían la fortuna que les arreglaría la vida. Y llegaba justo cuando más lo necesitaban, sólo así podrían salvar la vida de su hermana Ruth, gravemente enferma de muselina.
Llevaban unas semanas viviendo en Londres y aún no se acostumbraban a despertar cada mañana rodeados de lujo y con cerca de una veintena de criados, entre ellos, una cocinera, un ayudante de cámara y tres doncellas personales, dispuestos a servirles en todo lo que necesitaran.
Pero lo que más adoraba Irene de aquella nueva vida, eran los elegantes vestidos que habían comenzado a llevar. Lejos quedaban esas ropas mal cosidas que una de sus vecinas confeccionaba para ellas. Y no podía olvidarse de las fiestas que daban en la alta sociedad y a las que había empezado a acudir casi a diario, pero ella no asistía precisamente para cazar marido. Simplemente, el hecho de ir a esos bailes le hacían muy feliz ya que hasta hace poco era impensable que pudiera pisar esos fastuosos salones. Todo eran ventajas para ella. O eso pensaba en aquel momento.
—Papá, ¿por qué debemos viajar a St. Munt? No lo entiendo, si aquí estamos bien.
—Comienza la temporada de caza y tengo que estar presente —informó el conde sin apenas mirar a su hija. Se lo había repetido varias veces en los días previos.
—Por lo que me han comentado, la mansión que tenemos allí es incluso más grande y más bonita que esta —intervino su madre—, y seguiremos acudiendo a fiestas de la alta sociedad.
—Yo no quiero ir, estoy harta de vivir en un pueblo pequeño. Prefiero quedarme en Londres —replicó de nuevo, llevándose un trozo de pescado a la boca.
—Ahora tenemos unas obligaciones y unos compromisos Irene, debemos cumplir con ellos.
—Ruth aún está débil, ¿no crees que sería peligroso para su salud un viaje tan largo? —intentó cambiar de estrategia para convencerle.
—Tu hermana se encuentra mucho mejor, si pudo acudir al baile que dieron hace unos días los condes de Dickens, podrá viajar a St. Munt —dijo resoplando con enfado.
—Pero papá...
—¡Basta! —Golpeó la mesa con el puño cerrado—. Mañana mismo viajaremos a nuestra residencia en el campo y es mi última palabra.
Irene se quedó con la boca abierta al ver que su padre, por primera vez en su vida, le había alzado la voz. Siempre había sido un hombre muy paciente con ellas y jamás les recriminaba nada, en cambio, en ese momento, tenía la sensación de que no se encontraba ante el mismo. «Estará así por los nervios, su papel de conde le llena de incertidumbre y estará tenso por eso». Resignada, decidió no seguir discutiendo con él y aceptar que tenía razón. Ahora debían cumplir unas reglas de sociedad para no ser criticados ni marginados por el resto de nobles. Si algo así sucedía, sería la ruina para el condado de Lendmunt.
El camino hacia St. Munt fue más largo de lo que ella imaginó. Decidieron viajar de noche permitiéndoles descansar en el carruaje, aunque de mala manera debido a la incomodidad de los asientos y el vaivén causado por el camino empedrado. Durante todo el viaje, estuvieron muy pendientes del estado de salud de Ruth.
—Estoy bien mamá —aseguraba Ruth con el rostro cansado, aún asimilando el cambio tan radical que había dado su vida.
Irene miraba a su hermana desde su posición y sintió como su corazón se encogía. Había temido mucho por su vida y aunque ya había dejado de delirar, de decir incoherencias y estaba respondiendo bien al nuevo tratamiento, seguía estando preocupada por su salud. Ruth era la persona más importante para ella, era su amiga, su confidente y tenían una relación muy estrecha. Si algo malo le llegaba a pasar, jamás lo superaría. Sin darse cuenta, un par de lágrimas resbalaron por sus pálidas mejillas y con disimulo, fue a secárselas cuando su hermana se percató de que estaba llorando.
— ¿Te pasa algo enana? —preguntó preocupada Ruth, con voz débil.
—No. —Negó dibujando una tierna sonrisa—. Estaba pensando en lo mucho que te quiero.
Ruth, por primera vez en muchas horas, curvó sus labios y se acercó a Irene para darle un abrazo.
—Yo también cariño y lo único bueno que saco de este cambio es que estamos juntas.
El resto del camino, Irene y Ruth no soltaron sus manos y aprovecharon que empezaba a amanecer para observar el paisaje con atención, disfrutando de las vistas tan maravillosas que la primavera les estaba empezando a regalar.
Cuando llegaron a St. Munt y divisaron a lo lejos una hermosa mansión de piedra, rodeada de unos preciosos jardines, Irene se olvidó por completo de su deseo de permanecer en Londres y se enamoró perdidamente de aquel lugar. Al bajarse del carruaje, cogió a su hermana de la mano y con permiso de sus padres, fueron a inspeccionarlo todo, ilusionada y emocionada por la inmensidad y la belleza de aquella propiedad. Ruth mostraba menos interés por lo que sus ojos estaban viendo, pero aún así, no podía negar que aquel lugar era muy bonito.
Los jardines exteriores eran preciosos, repletos de flores y árboles frutales, además de contar con un bonito y espacioso invernadero. La mansión contaba con un pabellón exterior para que se alojaran los asistentes a las cacerías. El interior de la casa también era impresionante. Tenía una amplia biblioteca repleta de viejos libros que comunicaba con un gran salón y había una sala privada para la familia, en la cual se encontraron con un elegante piano de cola. Los dormitorios eran enormes y a Irene le encantó la decoración del suyo en tonos color pastel. Contaba con una cama inmensa en el centro, un precioso armario de la misma madera que la cama y un tocador con un bonito espejo ovalado.
—Qué suerte hemos tenido al heredar todo esto —le comentó a su hermana cuando terminaron de ver la mansión—. ¡Cómo íbamos a imaginar hace unos meses que nuestra vida cambiaría tanto!
—Dímelo a mí —aseguró Ruth apenada, pensando en su vida pasada mientras tocaba el amuleto de su cuello, antes de que la magia de éste la hiciera retroceder en el tiempo.
—Te acostumbrarás Ruth, esto es mucho mejor que la humilde vida que llevábamos.
—Si tú lo dices... —suspiró con un nudo en el corazón.
Después de comer, la madre de Irene la invitó a subir a su alcoba para que se recostara y descansara del pesado viaje que habían tenido, pero estaba tan eufórica por estar en aquel lugar, que no tenía sueño. Se cambió de ropa y se colocó un vestido más cómodo, fue a la biblioteca, cogió un libro de poemas de uno de los estantes y salió a uno de los jardines que había en la parte trasera de la mansión. Abrió el libro y comenzó a leerlo con detenimiento, disfrutando de la brisa primaveral y del cantar de algunos pájaros que se posaban en la copa de los árboles.
Tras un rato de lectura, empezó a escuchar voces de hombres que procedían del interior de la casa. La ventana y una de las puertas de la sala principal daban a ese jardín y con curiosidad, se acercó, se puso de puntillas y con cautela, miró a través de los cristales.
Su padre estaba reunido con varios caballeros a los que algunos sirvientes les ofrecían copas de licor. Parecían animados y muy relajados y se sintió orgullosa de su padre. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer en cada momento y era como si toda su vida hubiera sido el conde de Lendmunt.
Uno a uno fue inspeccionando a todos los hombres que acompañaban a su padre. Distinguió a un hombre bajito y regordete, con una incipiente barba canosa y sin apenas cabello en la cabeza. Pasó su mirada a un chico joven que estaba a su lado, tenía el pelo pelirrojo y abundantes pecas por toda la cara, era muy alto pero a la vez, extremadamente delgado. Llamó su atención uno de ellos por parecerle muy guapo, era alto, musculoso, tenía el pelo castaño y a pesar de la distancia, pudo fijarse en sus ojos claros. «Es el hombre más atractivo que he visto en mi vida».
O eso pensó hasta que posó sus ojos en el cuarto de los caballeros que había presentes. Durante segundos, se quedó embobada mirándolo. No sabía qué le estaba pasando con aquel, pero no podía dejar de observarlo. Tenía ante sus ojos a un hermoso hombre de pelo oscuro, con la piel bronceada y sus ojos parecían de un tono azul muy intenso. Una bonita sonrisa apareció en su rostro y ese simple gesto, hizo que algunas mariposas empezaran a revolotear por el estómago de Irene. Avergonzada por lo que su corazón estaba sintiendo, se apartó de la ventana y negó repetidas veces, tapándose la cara con una mano. Pero el deseo de volver a verlo se apoderó de ella y miró de nuevo. Sin embargo, para su desilusión, los hombres habían abandonado el salón. Durante el resto de la tarde, Irene permaneció en una nube y no pudo apartar aquellos ojos azules de su mente, causándole sensaciones que jamás había experimentado antes. Y eso que siempre había sido una chica muy enamoradiza, aunque eso sí, siempre se daba a respetar y nunca había llegado a tener un novio formal.
—¿Ya se han marchado los hombres que acompañaban a mi padre? —preguntó a una de las criadas que pasaba cerca.
—Milady, creo que han entrado a la biblioteca porque el conde ha pedido más copas de vino y ha ordenado que las llevemos allí —informó la joven sin mirarla a la cara. —Irene asintió ilusionada—. ¿Desea algo más?
—No, puedes retirarte, muchas gracias.
Durante unos minutos estuvo pensando en cómo interrumpir aquella reunión para ver a aquel hombre de cerca, necesitaba captar su atención y que éste también se fijara en ella, pero intuyó que si los molestaba, su padre se enfadaría mucho. Aunque era un riesgo que le apetecía correr.
Decidida, se encaminó hacia la biblioteca y cuando estaba a punto de llamar a la puerta, su madre la sorprendió, gritando su nombre detrás de ella.
—¿Dónde vas Irene?
La aludida se giró nerviosa y buscó una excusa creíble.
—Iba a dejar este libro a la biblioteca —aseguró enseñándole el poemario que llevaba en la mano—, lo he cogido antes y ya me he cansado de leerlo. En otro momento lo acabaré.
—Ya lo devolverás más tarde, tu padre está reunido con varios lores y no debemos interrumpirlos.
Irene maldijo en silencio por no haber podido cumplir su plan, pero no podía desobedecer a su madre.
—Está bien, esperaré aquí hasta que salgan —dijo sentándose en una silla, con la firme convicción de no perderse la salida de aquel conde que había llamado tanto su atención.
—Ven conmigo al invernadero, quiero ver si falta alguna flor para encargársela al jardinero. Deseo que esté precioso para cuando empecemos a recibir visitas.
Irene resopló y miró con disimulo a la puerta de la biblioteca. Al ver que de la sala no salía nadie, aceptó acompañar a su madre con resignación. Definitivamente, todo se había aliado en su contra para no encontrarse con aquel hombre y eso le molestaba porque lo único que deseaba era volver a tenerlo cerca.
* * *
—Mery —le dijo a su doncella cuando fue a llevarle ropa limpia a su habitación—, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto, milady—aseguró su doncella mirando al suelo.
—¿Sabes quiénes son los hombres con los que estaba antes reunido mi padre?
—Sí, yo misma les llevé una jarra de vino dulce. El mayor de ellos es Lord Doyle y el más joven, su hijo Louis, el futuro conde de Doyle, que ya está recibiendo instrucción para ocupar el puesto de su padre próximamente. También estaba Lord Werwich, un conde muy popular en la alta sociedad y el último de ellos es Lord Sharday, un buen amigo del conde de Werwich y que cuenta con uno de los condados más importantes por su riqueza patrimonial.
—Es la primera vez que los he visto y no sé cuál es cada uno de ellos. El de los ojos azules y la piel tostada, ¿cómo se llama? —preguntó Irene, intentando no parecer demasiado interesada.
—Milady, él es el conde de Sharday. Su abuela paterna era árabe y él ha heredado algunos de sus rasgos. De ahí su pelo oscuro y su piel morena. Los ojos azules los heredó de su madre, de nacionalidad inglesa.
Irene se quedó pensativa, asimilando la información que le acababa de dar su doncella. Estuvo tentada a preguntarle más cosas sobre él, deseaba saber si estaba casado o comprometido, pero no quería parecer desesperada y prefirió dejarlo para otro momento.
* * *
Estaba anocheciendo cuando Jack llegó a Sharday House. Estaba muy cansado y deseaba darse un baño y relajarse frente a su chimenea. En cuanto puso un pie en su mansión, se quitó su sombrero de copa y la capa y se los entregó al ama de llaves que salió a recibirlo.
Desde la sala principal procedían voces de varias mujeres, entre ellas la de su madre, y Jack resopló resignado. No le apetecía saludar a las amigas de su progenitora, le parecían unas cotillas odiosas con una vida tan aburrida que debían criticar a todas las personas que conocían. Cuando iba a entrar al salón, escuchó parte de la conversación, algo que le molestó muchísimo.
— ¿Y qué me dices de las hijas del conde de Lendmunt? —preguntó una de ellas—. Se rumorea que están rozando los treinta años y a esa edad deberían estar casadas.
—¡Dios me libre de semejante escándalo! —exclamó una de ellas horrorizada.
—Acaban de llegar a la alta sociedad y ya están en el punto de mira de toda la nobleza. —Rió a carcajadas otra.
—Es normal, ¿quién va a querer esposarse con ellas? Aunque hayan heredado un título, no pueden ocultar sus raíces manchadas de miseria —aseguró con malicia Rousse, la madre de Jack—. Ojalá no coincida con ellas en ningún evento, porque no quiero salir de ahí plagada de piojos. —Todas estallaron en sonoras carcajadas.
Lord Sharday, que odiaba los cotilleos y que se juzgaran a las personas sin darle una oportunidad, interrumpió a las damas con el rostro serio y le dedicó a su madre una mirada desafiante que la hizo callarse de inmediato. Sabía lo mucho que odiaba su hijo aquel tipo de conversación.
—¡Buenas noches! —exclamó haciendo una reverencia, las tres señoras se levantaron en señal de saludo—. Veo que están muy animadas hablando, así que no las molestaré. Sólo pasaba a saludarlas, pero ya me retiro.
El conde hizo el amago de marcharse pero la más mayor de ellas, llamó su atención para que se detuviera.
—Lord Sharday, quiero presentarle a mi nieta Elvira, es hija de mi primogénita, la condesa de Davanés. Elvira vive en España pero ha venido a pasar unos días con nosotros a nuestra casa de campo.
El conde se fijó en aquella muchacha que se había mantenido en un segundo plano. Apenas llegaría a los veinte años de edad y ésta, agachó la cabeza ruborizada al sentir los celestes ojos del conde sobre ella. Tenía el pelo rubio, los ojos verdes y unos tirabuzones caían a cada lado de su rostro. Realmente era una joven muy hermosa y por un momento, Jack la imaginó entre las sábanas de su cama, aunque rápidamente se obligó a retirar aquella imagen de su mente y caminó hacia Elvira. Cogió su fría mano y la llevó a sus labios para besar sus pálidos nudillos. Lord Sharday sintió como aquella se ponía aún más nerviosa y sus manos comenzaron a temblar, algo que le hizo sonreír.
«Una mujercita demasiado apetecible, pero le falta experiencia con los hombres. Me pregunto si alguna vez le habrán besado».
—Encantado milady, sea bienvenida a mi hogar siempre que desee.
Por el rabillo del ojo vio como la abuela de la joven miraba a su madre y le guiñaba un ojo mientras que ésta le regalaba una sonrisa triunfal. En ese momento, supo lo que aquellas dos mujeres estaban tramando y eso, le hizo reír a carcajadas. «Jamás conseguirán que me case, ni con esta joven ni con ninguna otra mujer».
—Podrías invitar a mi nieta a pasear mañana, no conoce a nadie y le vendrá bien salir a caminar —sugirió con atrevimiento.
— ¡Abuela! —exclamó con la voz débil, como si fuera una muñeca de porcelana que podía romperse en cualquier momento.
—A mí no me parece mala idea —intervino Rousse—. Mi hijo conoce lugares muy bonitos que estoy segura que le encantará compartir con usted.
La joven posó sus ojos por primera vez en los de Jack y éste sintió nostalgia. Su mirada era triste y se notaba que se sentía incómoda con aquellas mujeres que triplicaban su edad.
—Si ella desea salir a caminar conmigo, acompañada de una doncella, no tendré ningún problema. Pero mañana será imposible, pues ya tengo un compromiso. Voy a ir a cazar con varios condes. —La muchacha asintió con las mejidas teñidas en color rosado—. Le haré llegar una nota con uno de mis sirvientes.
—Puede ir a recogerla directamente, ella no tiene nada mejor que hacer y estará encantada de pasear con usted cuando así lo desee —respondió su abuela.
—¿Puede dejar de hablar por ella? —preguntó molesto y la anciana se movió nerviosa—. Se ve que entiende y habla perfectamente nuestro idioma.
Volvió a prestar atención a la joven, que no paró de mirar al suelo y en ese momento supo que jamás se fijaría en ella como mujer. Estaba cansado de las damas dóciles, él las prefería con más carácter y la muchacha que tenía delante, parecía la más insulsa de todas las que había conocido. Aún así, tenía curiosidad por conocerla un poco más y decidió que sí, la invitaría a pasear en los próximos días, aunque solo fuera para conversar con ella como amigos.
—Señoras, se hace tarde y no deberían estar fuera de sus hogares. Si me permiten un consejo, será mejor que regresen o pueden tener problemas con sus esposos.
Jack las echó con cortesía y cuando éstas abandonaron el salón, sonrió satisfecho. No iba a permitir que en su casa entraran los rumores y sabía que tenía que volver a hablar con su madre. Aunque lo haría en otro momento, en aquel instante solo le apetecía sentarse y disfrutar de una buena copa de vino.
* * *
Al día siguiente, Irene se levantó entusiasmada y con ganas de seguir investigando cada rincón de aquella mansión. Fue a la habitación de su hermana y al comprobar que ésta seguía durmiendo, prefirió no despertarla y bajar a pasear por los jardines.
Cuando llevaba un rato, el ruido de un carruaje le alertó de que alguien llegaba a Lendmunt House. Desde la distancia observó que el conde de Werwich, como le había comentado su doncella Mery que se llamaba, se bajó y caminó hacia la entrada de la mansión. Pero para sorpresa de Irene, la otra puerta del carruaje se volvió a abrir y su corazón empezó a palpitar más deprisa al ver a Lord Sharday saliendo de él. Estaba más guapo incluso que el día anterior no pudo apartar sus ojos de él. Quería grabar en su memoria cada uno de los detalles de su físico.
De repente, aquel hermoso hombre, como si hubiera intuido que unos ojos verdes lo estaban observando, desvió su mirada hacia Irene y al ver que no le apartaba la vista, sonrió y le regaló un guiño, antes de volver a prestar atención a su amigo que caminaba delante. Fue un simple gesto, pero para la mujer, el mundo se acababa de detener.
El corazón de Irene se desbocó y sus mariposas interiores comenzaron una danza que no deseaban parar. Había conseguido regalarle unos segundos para ella, sólo para ella y eso, la llenó de entusiasmo. «¡Qué ilusa! Solo ha sido una sonrisa pero, ¡qué sonrisa!»

Durante todo el día, estuvo reviviendo ese momento, sin poder disimular la alegría que se dibujaba en su rostro cada vez que esos ojos azules paseaban por su mente.

Espero que os haya gustado...
Besotes...